68. Miedo.
La primera cadena cede con un chasquido sordo.
El dolor sigue ahí, una quemadura punzante en la piel donde la plata se ha hundido demasiado profundo. Mi muñeca tiembla cuando la libero, pero no me detengo. Mi instinto me grita que me mueva. Que huya, que pelee, que haga algo antes de que sea tarde.
El desconocido sigue trabajando en la otra cadena. Veo su silueta moverse en la penumbra, su respiración contenida, la tensión en sus dedos.
No necesito verlo de frente para reconocerlo.
—¿Por qué ha