En una habitación elegante, demasiado para una prisionera, se encontraba la verdadera Kate, tenía cortinas gruesas que bloqueaban la luz del sol, y un aroma dulce flotaba en el aire, como si quisieran disfrazar la verdad con flores marchitas. La mujer que la había secuestrado identificándose como Eva la había enviado allí hacía horas, con una sonrisa idéntica a la suya y una amenaza en los labios.
Pero Kate no temblaba. Estaba sentada al borde de la cama, con las muñecas marcadas por las atadu