SILVANO DE SANTIS
El vapor aún flotaba en el baño cuando salimos de la ducha. El espejo seguía empañado, como si también él se negara a vernos separados.
Anny tenía las mejillas sonrojadas, los labios hinchados por tantos besos y esa sonrisa temblorosa que siempre aparece cuando la ternura le gana la partida al deseo.
—Dame —le susurré, tomando la toalla de sus manos antes de que pudiera secarse por sí misma.
—Puedo hacerlo —dijo, aunque no se movió.
—Lo sé —respondí—. Pero déjame a mí… esta ve