Entré en la habitación atrayéndola de la mano, sin prisa. Luna aún jadeaba, las piernas medio temblorosas después del orgasmo que le había proporcionado solo con la boca. Cuando cerré la puerta, la tiré de espaldas en la cama y subí sobre ella con el cuerpo caliente, pulsando de deseo.
La visión de ella allí tumbada, con la bombacha aún torcida y la mirada fija en la mía, era de volver loco a cualquier hombre.
Le quité la bombacha de una vez, rasgándola sin piedad. La tiré al suelo. Abrí sus pi