Me senté en la silla, crucé las piernas despacio y cogí la toalla para secarme, intentando mantener la pose. ¿Pero la verdad? Esa molestia seguía atragantada.
Miré de reojo a él, que ahora miraba el celular como si nada hubiera pasado.
—¿De qué estabas hablando con ella? —pregunté.
Él siguió mirando el celular unos segundos, como si estuviera pensando si valía la pena responder. Luego dejó el aparato en su regazo y me miró.
—¿Quieres saberlo por qué? ¿Celos? —preguntó él.
—No. Curiosidad nomás.