Igor y Heloísa
El ventilador giraba despacio en el techo de la habitación pequeña, sofocante. La luz amarilla apenas iluminaba los rincones, y los dos seguían tirados en las sábanas enredadas, sudados, los cuerpos pegados. Heloísa boca abajo, la sábana enredada solo en la parte baja, e Igor de lado, con la mirada fija en ella.
—Sabes que no solo quiero esto, ¿no? —dijo Igor.
—¿Esto qué? —preguntó Heloísa, sin siquiera mirarlo, tirando de la almohada y metiendo el rostro allí, fingiendo que no h