Luna
Casi al final, el sonido del coche bajo, el ritmo grave. Seguíamos por la carretera de vuelta, y yo sentía el peso de la conversación anterior aún martillando en mi cabeza.
Él estaba callado, pero la forma en que su mano iba y venía sobre mi muslo decía más que cualquier palabra.
Cuando doblamos la esquina de mi casa, solté el aire despacio.
—¿Vas a subir? —pregunté.
Él miró al frente, pensativo, luego giró el rostro hacia mí con una sonrisa torcida.
—Voy a subir. Pero no hace falta