Despierto al sentir unas caricias en mi espalda baja, seguidas de besos en el cuello.
—Despierta, dormilona —me volteo con una sonrisa en el rostro al ver a mi flamante esposo como Dios lo trajo al mundo.
—Qué buen despertar el que me acabas de dar —lo miro de forma pícara.
—Y puede ser mejor —sin esperarlo, él me carga llevándome hasta el baño, metiéndonos en la ducha. Ni siquiera me dio tiempo de quitarme la pijama.
—¡Oye!, mi pijama —él se ríe y posteriormente me la retira. Ambos juntamos nue