La Novia Fugitiva

Capítulo 4: La Novia Fugitiva

La oscuridad era absoluta.

Antonella había perdido la noción del tiempo desde que aquellos hombres la capturaron. Después de que Dante Ferraro la obligara a permanecer en la camioneta, alguien le cubrió la cabeza con una tela negra que le impidió ver el camino. Solo recordaba el sonido del motor del auto y varias puertas abriéndose y cerrándose junto a unas manos que la empujaron hasta una habitación.

Después... no hubo nada. No había ventanas, no había reloj y no había voces. Solo una vieja colchoneta sobre el suelo de cemento y una bombilla apagada que colgaba del techo. Antonella permanecía sentada abrazando sus piernas, ya que no sabía si habían pasado horas o un día entero desde que estaba ahí.

El miedo comenzaba a mezclarse con el cansancio. Pensó en su madre. En la fotografía que aún seguía escondida entre su ropa y pensó también en su padre, pero no sentía tristeza por él. Solo una profunda decepción porque la había vendido como si jamás hubiera sido su hija.

Las lágrimas amenazaban con regresar, pero las contuvo. Ella no quería llorar más. No por ellos ni por Dante Ferraro. De pronto, el sonido de una llave girando en la cerradura rompió el silencio y Antonella levantó la cabeza de inmediato. La puerta se abrió lentamente dejando ver la luz del pasillo en toda la habitación y una figura alta apareció en el umbral. Era él, Dante. 

Vestía un traje oscuro impecable y mantenía aquella sonrisa torcida que tanto la aterraba. Él entró sin prisas y cerró la puerta detrás de él, haciendo que Antonella se pusiera de pie de inmediato. Ella retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared y Dante soltó una leve risa por eso.

— ¿Sigues mirándome como si fuera un monstruo? — preguntó cínicamente al saber la respuesta.

— Solo te miro por lo que lo eres — dijo sin bajar la cabeza y él arqueó una ceja sorprendido.

— Vaya... tienes carácter.

— Déjeme ir — pidió ignorando por completo su comentario.

— No, sabes que no lo haré.

— Está loco. No puede obligarme a casarme con usted.

Dante comenzó a caminar hacia ella primero un paso, luego otro, pero Antonella se desplazó hacia un lado intentando mantener la distancia y aquello le pareció divertirlo.

— Pareces una pequeña oveja intentando escapar del lobo feroz, pero nadie te puede salvar de mí.

— Pues entonces prefiero morir antes que quedarme aquí y ser algo suyo — dijo en altavoz desafiándolo.

Las palabras de Antonella hicieron desaparecer la sonrisa de Dante. Quien en un segundo acortó la distancia entre ellos y aunque Antonella intentó apartarse, él la sujetó bruscamente del cabello para evitar que escapara. Luego un grito aterrador escapó de sus labios y Dante tiró con más fuerza, obligándola a levantar el rostro. Sus ojos grises ya no mostraban diversión, sino una fría amenaza claramente escrita en ellos. 

—¡Suélteme! — exclamó.

— No voy a soltarte, pero escúchame muy bien — dijo apretando más su cuello y Antonella apretó los dientes mientras intentaba soltarse — Aquí nadie levanta la voz más que yo y mucho menos mi futura esposa.

Dijo separándola un poco de la pared para empujarla de nuevo con violencia y el golpe le arrancó un quejido agudo que él supo disfrutar.

Antonella respiraba con dificultad tratando de no quedarse sin aire, pero al parecer eso a él no le importaba.

— Nunca... seré su esposa — dijo como pudo y Dante la observó durante unos segundos.

Después hizo un gesto hacia la puerta, dónde uno de sus hombres entró llevando una enorme caja blanca que dejó sobre la colchoneta.

— Ábrela — le ordenó al hombre quien abrió la tapa y Antonella no se movió.

Dentro había un elegante vestido de novia de satén blanco el cual era hermoso y delicado, pero para Antonella representaba una condena. Tal vez para otra chica ese hubiese sido el vestido de sus sueños, pero no para ella.

Cuando Dante por fin la soltó y Antonella cayó al suelo buscando aire, este tomó el vestido y lo lanzó hacia ella. La tela cayó a sus pies, pero seguía sin causarle alguna impresión.

— Póntelo — ordenó, pero ella negó lentamente.

— No.

— No era una pregunta he dicho que te lo pongas.

— Jamás, no lo haré — dijo volviendo a desafiarlo y el sonido de una bofetada resonó en toda la habitación.

Su rostro giró violentamente por el impacto y su labio volvió se rompió dejando que el sabor metálico de la sangre se mezclara en su boca. Él le había pegado y durante unos segundos permaneció inmóvil tratando de procesarlo.

Dante volvió a sujetarla del mentón para que lo viera a los ojos, con él único objetivo de dejarle claro quien manda.

— Mira lo que me haces hacer y no quiero hacerte daño. Quieras o no... — su voz era apenas un susurro — Hoy serás mi esposa y nadie lo va a impedir.

—No puede obligarme — dijo ella con el odio marcado en sus ojos y él sonrió.

— Tú di lo que quieras. Después de la ceremonia tendremos una inolvidable noche de bodas y después una increíble vida juntos.

Al escuchar eso, Antonella sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. Ella jamás había estado con un hombre y no quería que aquel sujeto pudiera tocarla. Le aterraba la simple idea de que aquello pudiera pasar sin que alguien la salvara de ese final. Sin embargo, ella no se daría por vencida tan fácilmente, ya que por dentro había tomado una decisión.

Escaparía. Buscaría la manera de salir de ahí antes de esa maldita boda aunque tuviera que perder la vida intentándolo. Así, horas después...

Dos mujeres entraron en la habitación sin decir una sola palabra. Ellas simplemente comenzaron a ayudarla a ponerse el vestido, mientras Antonella se resistió todo lo que pudo. Cuando terminaron, ella se contempló unos segundos frente a un espejo, ya que nunca había imaginado verse vestida de novia y mucho menos de aquella forma.

No había felicidad ni había ilusión, solo miedo. Pocos minutos después llegaron dos hombres armados a buscarla y uno de ellos la tomó fuertemente del brazo.

— Es hora — dijo y ella caminó en silencio, pero sus ojos no dejaban de observar.

Antonella solo buscaba una oportunidad para escapar hasta que llegaron a un amplio corredor decorado con enormes cuadros y lámparas de cristal. Al fondo podía escucharse música de una fiesta, lo que le dio a entender que la ceremonia ya estaba preparada.

En ese momento sintió que el corazón iba a salírsele del pecho, pero no podía llegar hasta allí. No podía permitirlo aunque su vida corriera peligro. Para ella sería mucho peor quedarse en ese lugar siendo la esposa de aquel hombre.

En un segundo de descuido, uno de los hombres caminaba demasiado cerca de ella. Este llevaba un cuchillo sujeto al cinturón y Antonella respiró profundamente. Era ahora o nunca por lo que de un movimiento rápido tomó el mango del cuchillo y lo sacó de la funda. El guardia a su derecha apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Antonella le hizo un corte superficial en el brazo y encajo el cuchillo en la pierna del otro.

Ambos hombres soltaron un grito de dolor y Antonella salió corriendo sin mirar atrás.

— ¡Deténganla! — grito uno de ellos y los guardias comenzaron a perseguirla.

Los gritos invadieron el lugar y ella atravesó un pasillo, después otro, ya que no sabía hacia dónde iba. Solo corría y las lágrimas que amenazaban con salir nublaban su vista. Sin embargo, en su huida una enorme puerta de cristal quedó frente a ella, dejando ver un inmenso jardín. Ahí corrió entre los arbustos sin detenerse mientras escuchaba las órdenes a lo lejos.

— ¡Cierren todas las salidas! Que no escape — dijeron.

En ese momento al fondo vio una cerca metálica mucho más alta que ella, pero no tenía alternativa, debía saltar. Así que se acercó, apoyó un pie, luego otro y comenzó a escalar.

Las manos le resbalaban y el vestido se enredaba entre los barrotes, hasta que un fuerte tirón rasgó la falda desde la cintura hasta casi los tobillos. La tela quedó hecha jirones, pero Antonella consiguió llegar arriba. Sin pensarlo, ella se lanzó al otro lado y cayó pesadamente sobre el suelo golpeando su frente con una piedra. Solo sabe que sintió un dolor agudo y cuando llevó la mano a su rostro, la vio cubierta de sangre. Seguramente había quedado hecha un desastre, pero no se detuvo. Se levantó tambaleándose y volvió a correr sin darse cuenta de que en ese instante Dante apareció al otro lado de la cerca.

Su rostro había perdido por completo toda calma y la furia brillaba en sus ojos haciendo que sacara una pistola de su espalda.

— ¡Antonella! — gritó con ira, pero ella ni siquiera miró atrás.

Solo comenzó a correr con más fuerza y el primer disparo rompió el aire. La primera bala impactó contra un árbol muy cerca de ella y la segunda levantó tierra a pocos centímetros de sus pies.

Antonella gritó aterrada, pero continuó corriendo. Los disparos seguían resonando detrás de ella hasta que el bosque terminó de repente. Frente a ella apareció una carretera desolada por dónde corrió hacia el asfalto sin detenerse.

No obstante, a lo lejos distinguió varios vehículos negros aproximándose a gran velocidad y el corazón volvió a hundírsele.

— No... — susurró 

Pensó que eran más hombres de Dante, pensó que todo había terminado y que jamás lograría escapar. Fue entonces que ocurrió algo inesperado. Las primeras camionetas no disminuyeron la velocidad, al contrario. Sus ventanillas descendieron al mismo tiempo que una lluvia de disparos estalló contra los hombres de Dante.

Las balas cruzaron la carretera en todas direcciones y los escoltas de Dante respondieron de inmediato. El estruendo fue ensordecedor. Cristales estallando, neumáticos chirriando y hombres gritando órdenes.

Antonella quedó inmóvil por unos segundos en medio de la carretera, ya que no entendía qué estaba ocurriendo. No sabía quién disparaba contra quién debido a que solo veía fuego, humo y vehículos bloqueando el camino.

Sin saberlo, ella acababa de quedar atrapada en medio de una guerra entre dos de las organizaciones mafiosas más peligrosas de Italia y, en algún lugar entre aquella lluvia de balas, el destino estaba a punto de poner frente a ella al hombre que cambiaría su vida para siempre.

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