Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 3: El juramento de Santos Moretti
Las afueras de Milán despertaban envueltas en una neblina espesa que cubría los viñedos y los bosques como un manto gris. A varios kilómetros de la ciudad, protegida por altos muros de piedra, cámaras de vigilancia y hombres armados, se alzaba la residencia de los Moretti.
No era una mansión ostentosa, aquella era una verdadera fortaleza y nadie llegaba hasta allí por casualidad. Quien cruzaba aquellas puertas sin invitación, rara vez volvía a salir conservando su vida.
En el centro de la propiedad, un amplio despacho permanecía en absoluto silencio y sentado detrás de un escritorio de nogal oscuro, Santos Moretti observaba un enorme mapa extendido frente a él. Sobre la mesa había fotografías, documentos y varias rutas de mercancía marcadas con tinta roja. Sus ojos recorrían cada detalle con la paciencia de un cazador y no dejaba nada al azar.
Él vestía un traje negro perfectamente ajustado, sin una sola arruga. El reloj plateado que llevaba en la muñeca marcaba las ocho de la mañana de ese día, pero él llevaba despierto desde antes del amanecer. No había dormido demasiado. Hacía años que el descanso había dejado de formar parte de su vida hasta que tres golpes secos resonaron en la puerta.
— Adelante — dijo sin más y la puerta se abrió de inmediato.
El hombre que entró caminó con paso firme era Alessio Romano, su mano derecha, su amigo y el único hombre en quien Santos confiaba ciegamente. Alessio cerró la puerta antes de hablar y decirle a su jefe aquello que había descubierto.
— Tenemos noticias — dijo y Santos levantó la mirada sin hacer preguntas.
Solo esperó.
— Nuestros contactos encontraron un movimiento inusual durante la madrugada sobre nuestro mayor objetivo.
Santos permaneció inmóvil.
— Habla sin rodeos.
— Me acaban de informar que Dante Ferraro salió de uno de sus escondites y se encuentra en Florencia.
Por primera vez en toda la mañana o quizás después de mucho tiempo, la expresión de Santos cambió al escuchar aquel nombre. Fue apenas un destello en sus ojos, pero bastó para que la temperatura del despacho pareciera descender.
— ¿Están seguros de lo que me estás diciendo?
— Completamente — Alessio dejó una carpeta sobre el escritorio — Lo confirmaron tres fuentes distintas y sabes que mis contactos nunca se equivocan.
Santos abrió la carpeta frente a él y en ella venían fotografías, dónde camionetas negras blindadas estaban en las calles. Además habíahombres armados con las armas que solía traficar Dante, además de una ruta marcada desde Florencia hacia el norte de Italia.
Sus dedos se cerraron lentamente sobre el borde del documento dejándolo completamente arrugado, ya que había pasado tres años esperando ese momento. Llevaba años persiguiendo un fantasma y ahora, por fin, Dante había cometido un error.
— Todo dicen que al parecer transporta algo importante — dijo Alessio cruzándose de brazos y Santos levantó la vista de las fotos.
— ¿Algo... o alguien?
— No lo sabemos todavía, pero lo importante es que localizado.
El silencio volvió a instalarse entre ambos y después de unos segundos, Santos se levantó del escritorio. Él medía un metro noventa y su sola presencia imponía respeto. No necesitaba levantar la voz ni hacer amenazas para hacerse sentir, ya que todos sabían quién era y de qué era capaz.
Con pasos firmes se acercó al enorme ventanal desde donde podía verse parte del campo cubierto por la neblina y durante varios segundos permaneció observando el horizonte. Después habló con una calma inquietante, seguido de esa frialdad que lo caracterizaba.
— Ese imbécil creyó que podía esconderse para siempre.
Alessio no respondió. Conocía demasiado bien aquel tono de voz. Era el mismo que utilizaba Santos cuando estaba a punto de tomar una decisión definitiva.
— Sin embargo, nadie escapa eternamente de sus propios pecados.
En ese momento el recuerdo de lo ocurrido regresó una vez más a su vida y con él la promesa sellada con sangre. Seguido después llegó el dolor y una pérdida que jamás había logrado superar. Aquella noche había jurado una sola cosa, encontrar a Dante Ferraro y hacerle pagar. No con una bala. Eso sería demasiado sencillo para él.
Santos quería que sufriera. Que sintiera en carne propia el mismo vacío que había dejado en su vida aunque el motivo seguía siendo un secreto para machos, dentro de la organización nadie se atrevía a cuestionar aquel juramento. Solo sabían que Dante le había arrebatado a Santos lo más valioso que poseía y que desde entonces la guerra entre ambos se había convertido en una cuestión personal.
No era una lucha por territorios ni por dinero. Era una deuda de sangre y después del dolor, Santos giró lentamente hacia Alessio para continuar.
— ¿Cuántos hombres tenemos disponibles en este momento? — pregunto.
— Hay cuarenta preparados para salir inmediatamente si así lo deseas.
— Eso no serán suficientes — Alessio arqueó una ceja.
— ¿Quieres llevar más?
— Quiero asegurarme de que esta vez no escape o de lo contrario alguien pagará las consecuencias.
El silencio duró apenas un instante.
— Reúne a todos los equipos que puedas.
—Eso suma más de cuarenta hombres.
— Exactamente, no quiero dejar ningún cabo suelto está vez.
Alessio asintió.
— ¿Lo quieres vivo... o muerto? — Santos sostuvo su mirada luego de la pregunta
— Si tenemos la oportunidad de matarlo, lo haremos — hizo una breve pausa — Pero si puedo capturarlo...
Sus ojos se endurecieron.
— ...prefiero que respire para poder destruirlo con mis propias manos.
Alessio comprendió inmediatamente.
— ¿Quieres interrogarlo?— Santos soltó una risa sin humor.
— No, sabes perfectamente que eso no es lo que quiero — dijo mientras se acercaba lentamente al escritorio — Quiero torturarlo hasta que me ruegue por su muerte y me suplique que sea yo quien lo mate.
Alessio tomó aire lentamente. Había visto a Santos enfrentarse a hombres armados sin pestañear y había presenciado guerras entre familias mafiosas. Sin embargo, jamás lo había visto olvidar aquel juramento, ya que esa era una herida que seguía abierta sin esperanza de sanar.
— Muy bien, entonces daré la orden para que todo esté listo cuanto antes.
— Hazlo quiero la cabeza de ese infeliz y la quiero ya.
Cuando Alessio estaba por salir la puerta del despacho volvió a abrirse y una mujer elegante apareció en el umbral. Su cabello castaño comenzaba a teñirse de plata, pero conservaba una presencia imposible de ignorar, dejando claro que ella era Isabella Moretti. La madre de Santos.
Ella entró al despacho con la seguridad de quien sabía perfectamente que nadie se atrevería a detenerla y miró primero a Alessio. Después a su hijo, sabiendo que algo grande está pasando.
— Bueno, parece que llegué en el momento adecuado.
Alessio hizo una leve inclinación de cabeza.
— Señora.
— Alessio — ella respondió con una sonrisa apenas perceptible — Te he dicho que puedes llamarme por mi nombre.
— Y yo le agradezco la confianza, pero no creo que sea conveniente — dijo este volteando a ver a su jefe por última vez.
— Está bien, como quieras ¿Puedes dejarnos unos minutos solos Alessio?
— Claro, señora. Me retiro — dijo cerrando la puerta al salir.
En ese momento luego de quedarse completamente solos, Isabella caminó lentamente hasta el escritorio frente a ella. Luego
observó la carpeta abierta, las fotografías, los mapas y no necesitó preguntar demasiado para saber de qué se trataba. Ella conocía a su hijo mejor que nadie y Santos sostuvo su mirada en todo momento.
— ¿Encontraste a Dante? — preguntó.
— Así es. Creemos saber dónde está y vamos a ir por él.
Ella permaneció en silencio durante unos segundos. No había miedo en su rostro no tampoco preocupación. Solo determinación y una fortaleza inquebrantable.
— Entonces eso quiere decir que llegó el momento — Santos asintió.
— Eso parece.
Isabella se acercó hasta quedar frente a él y le acomodó el cuello de la camisa como hacía cuando era un niño. A pesar de los años, aquel gesto seguía siendo el mismo y jamás dejaría de hacerlo.
— Solo quiero pedirte una cosa antes de que te vayas.
— Lo sé, sé perfectamente lo que me dirás — ella sonrió con tristeza.
— No, no lo sabes — negó lentamente — No voy a pedirte que lo perdones, sería hipócrita hacerlo.
Los ojos de Santos permanecieron fijos en los de su madre he Isabella respiró profundamente.
— Yo también estuve allí — la habitación quedó completamente en silencio — Yo vi lo que hizo y hay heridas que jamás sanan.
Las manos de Santos se cerraron con fuerza y su madre apoyó una mano sobre su mejilla. Él bajó la mirada sintiendo su calor y supo que contaba con ella.
— Lo mataré.
— Lo sé.
— Intenté seguir adelante, pero no pude.
— También lo sé.
Ella acarició suavemente su rostro una vez más.
— Sin embargo, hay algunas traiciones que solo pueden pagarse de una manera y eso es con sangre.
Santos levantó nuevamente la cabeza he Isabella habló con una serenidad que estremecería a cualquiera. Aquellas únicas palabras resumía toda la historia de los Moretti. Ya que en su mundo, la traición jamás quedaba impune ¡Jamás!
— No permitiré que vuelva a escapar — ella sonrió con orgullo.
— Ese es mi hijo — se alejó unos pasos — Solo prométeme que tendrás cuidado. No quiero perderte a ti también.
— Lo tendré. Te lo prometo.
Aquellas palabras hicieron que el gesto de Santos se suavizara apenas. Era uno de los pocos momentos en que dejaba de ser el mafioso más temido del norte de Italia para convertirse simplemente en un hijo. Luego se acercó y abrazó a su madre, pero el gesto duró apenas unos segundos. Sin embargo, eso bastó para que Isabella cerrara los ojos.
— Volveré.
— Lo sé — ella retrocedió — Y cuando regreses... Quiero que Dante Ferraro pague por todo.
Santos sostuvo su mirada y no necesitó responder. Los dos sabían cuál era la respuesta que eso llevaba. Isabella salió del despacho sin mirar atrás y apenas la puerta se cerró, Alessio volvió a entrar.
— Los hombres ya están preparados. Solo falta usted para salir.
Santos tomó la pistola que descansaba dentro de un cajón, comprobó el cargador, la colocó en la funda bajo la chaqueta, después tomó otra arma más pequeña y la guardó en el tobillo. Finalmente levantó la vista y Alessio sonrió por primera vez en toda la mañana.
— Que enciendan los motores, vamos a por él.
— Será todo un placer.
Ambos caminaron hacia el exterior de la residencia, dónde más de veinte camionetas negras esperaban formando una larga fila. Decenas de hombres armados aguardaban sus órdenes y cuando Santos apareció, todos guardaron silencio. No hacía falta pronunciar discursos. Su sola presencia bastaba cuando subió a la primera camioneta y Alessio ocupó el asiento del copiloto.
Antes de cerrar la puerta, Santos dirigió una última mirada hacia la inmensa residencia donde su madre permanecía observándolo desde una ventana. Ella solo inclinó levemente la cabeza. Esa era su manera de decirle que regresara con vida. Santos respondió con el mismo gesto, después miró al frente y sus ojos adquirieron nuevamente aquella frialdad que lo había convertido en una leyenda.
Los motores rugieron al mismo tiempo y uno tras otro, los vehículos abandonaron la propiedad levantando una nube de polvo sobre el camino. A muchos kilómetros de allí, Dante Ferraro ignoraba que la cacería acababa de comenzar y que el hombre que había jurado destruirlo ya estaba siguiendo cada uno de sus pasos.







