La Huida

Capítulo 2: La Huida

El silencio dentro del cobertizo era insoportable. Antonella permanecía sentada sobre el suelo de tierra, con las rodillas pegadas al pecho y el rostro escondido entre los brazos. Había llorado tanto que las lágrimas ya no salían con la misma facilidad. Sus ojos ardían y la garganta le dolía de tanto suplicar a un hombre que jamás la había amado.

Del otro lado de la puerta solo se escuchaba el viento. Su padre ni siquiera había vuelto para comprobar si seguía allí o si le había pasado algo. Aquello solo le confirmó una dolorosa verdad, él no iba a arrepentirse, hasta que de pronto recordó las últimas palabras que él había pronunciado.

"Vendrán por ti..."

El corazón volvió a acelerársele. Si aquellas personas desconocidas regresaban, ya no tendría ninguna oportunidad.

Con calma respiró hondo varias veces. No... no podía quedarse esperando aunque toda su vida hubiera vivido obedeciendo, esta vez no lo haría. Así que se levantó lentamente mientras limpiaba sus últimas lágrimas con el dorso de la mano y observó cada rincón del viejo cobertizo.

En aquel momento solo encontró polvo y algunas herramientas oxidadas. También una que otra caja vieja y unas cuantas tablas podridas. Fue entonces cuando un recuerdo cruzó su mente. Cuando era niña solía esconderse allí para escapar de los gritos de su padre, por lo que recordaba perfectamente una pequeña ventana en la parte trasera del cobertizo. Las tablas que la cubrían ya estaban viejas en aquella época, por lo que si el tiempo había hecho su trabajo... Quizá todavía existía una oportunidad de escapar.

Con cuidado comenzó a mover cajas viejas una tras otra y su respiración se agitó por el esfuerzo. Después encontró una pala cubierta de óxido y más allá apareció un viejo martillo. Una pequeña esperanza nació dentro de ella quien corrió hasta la diminuta ventana viendo que las tablas seguían allí.

Las tocó con cuidado, dándose cuenta de que la madera estaba húmeda, frágil y sonrió por primera vez en todo el día desde que estaba ahí.

— Por favor... resiste un poco más Antonella tienes que salir de aquí — se dijo a sí misma y sujetó el martillo con ambas manos.

El primer golpe fue tan suave que apenas hizo ruido, esperó unos segundos, no pasó nada, volvió a golpear y otra vez hizo crujir todo. Las astillas comenzaron a desprenderse lentamente y cada impacto le hacía temer que su padre despertara.

El sudor recorría su frente marcando el agotamiento y las manos empezaron a arder debido a que una astilla profunda se clavó en su palma. Antonella apretó los dientes para no gritar y continuó.

El tiempo parecía no avanzar hasta que después de varios intentos, por fin la primera tabla cayó al suelo, despertándole unas inmensas ganas de llorar de alivio. Todavía faltaban dos más. Sus brazos ya no respondían, pero siguió golpeando hasta que después de casi una hora logró abrir un espacio apenas suficiente para sacar primero la mochila vacía y luego deslizar su cuerpo.

Las tablas desgarraron parte de su blusa y su brazo quedó lleno de rasguños. Sin embargo, al caer sobre la hierba respiró profundamente darse cuenta de que por fin era libre al menos por unos minutos. De esa manera se giró hacia la casa, viendo que podía marcharse, correr tan lejos como pudiera, pero dio un paso hacia atrás sintiendo que aún le faltaba algo.

Ella no podía irse con las manos vacías, no después de todo lo que había soportado durante años. En esa casa estaba escondido el dinero que por años había guardado y más que el dinero ahí estaba la fotografía de su madre. Eso era lo único que le quedaba de ella y si todo lo dejaba allí, jamás volvería a recuperarlo. Así que tomando el riesgo entró por la puerta trasera y la casa permanecía completamente en silencio. El olor a alcohol impregnaba cada rincón, pero avanzó lentamente sintiendo como cada tabla del suelo parecía querer delatarla.

Fue entonces que escuchó un fuerte ronquido. Su padre dormía sobre el viejo sofá de la sala y la botella de whisky seguía entre sus dedos. Antonella sintió una mezcla de miedo y rabia al verlo, ya que durante años aquel hombre le había robado la infancia y ahora también quería robarle su futuro. No obstante, ella no se lo permitiría, por lo que subió las escaleras conteniendo la respiración y después abrió la puerta de su habitación dándose cuenta de que todo seguía exactamente igual.

Con cuidado se arrodilló, luego levantó la tabla del suelo y sin perder el tiempo sacó la caja metálica. Antonella la abrazó con fuerza y abrió el armario, metiendo dentro de una pequeña mochila dos mudas de ropa, un abrigo, algunos documentos y un par de zapatos cómodos. Finalmente tomó la fotografía de su madre observándola por unos segundos, sintiendo que la oportunidad no podía írsele entre las manos.

— Ahora sí nos iremos... juntas. Esta pesadilla está por terminar.

Con cuidado guardó la fotografía cerrando la mochila, cuando un ruido extraño hizo que todo su cuerpo se paralizara. Era el ruido de motores, muchos motores y corrió hacia la ventana para ver. Varias camionetas negras acababan de detenerse frente a la casa y las puertas comenzaron a abrirse dejando ver a varios hombres vestidos de negro. Fácilmente había más de diez y Antonella sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

— No... — dijo y vio como uno de ellos señaló la casa.

En ese momento otro habló por un radio y después comenzaron a avanzar. Luego de eso pensó que no tenía salida por las escaleras, hasta que miró nuevamente la ventana. Esa era la única opción que tenían, por lo que abrió las hojas de madera, respiró profundamente y saltó. Cayó sobre el jardín sin hacer mucho ruido, pero en el impacto su tobillo recibió todo su peso. El dolor fue intenso al punto de querer hacerla gritar, pero no podía detenerse o pensar en eso. 

Ella debía levantar y comenzar a correr, pero en el proceso uno de aquellos hombres la vio.

— ¡Está ahí! — dijo y todas las miradas se dirigieron hacia ella.

— ¡No la pierdan! ¡El jefe la quiere viva! — dijo otro de ellos.

En ese momento Antonella echó a correr con todas sus fuerzas y las botas de aquellos hombres golpeaban el suelo detrás de ella. Con desesperación ella entró en una calle estrecha, después cruzó otra y en cada paso que daba escuchaba gritos. Órdenes, más pasos, pero no se atrevía a mirar atrás.

Mientras tanto, dentro de la casa, su padre despertó sobresaltado al sentir como tiraban su cuerpo al suelo.

— ¿Qué demonios...? — uno de los hombres estaba a su lado.

— ¿Dónde está la chica? ¿Para dónde se fue?

El hombre palideció al escuchar eso y después corrió hasta el cobertizo para buscarla. Fue entonces que encontró el lugar vacío y después vio la ventana rota. En ese momento sintió que las piernas le fallaban, al darse cuenta de que Antonella no estaba.

— No... no puede ser — dijo y el mafioso frente a él lo tomó del cuello de la camisa.

— ¿Dónde está la chica?

— No, no lo sé. Yo la dejé aquí seguro escapó, lo juro. ¡Hace un momento estaba aquí!

Al escuchar eso el hombre lo empujó contra la pared y después lo levantó del suelo tomándolo por el cuello.

— Reza para que la encontremos porque si no, ya sabes lo que hará el jefe.

El padre de Antonella comprendió que acababa de firmar su propia sentencia de muerte, ya que si su hija no aparecía, la vida que tenían seguramente sería la suya.

...

Antonella atravesó una avenida esquivando automóviles, hasta que un conductor frenó de golpe al verla.

— ¡¿Estás loca?! — le dijo y ella ni siquiera respondió.

Solo siguió corriendo sintiendo como las piernas le dolían y los pulmones le ardían. La mochila que llevaba en su espalda parecía pesar una tonelada, pero el miedo era mucho más fuerte que cualquier otra sensación. Así que entró en un mercado lleno de personas, empujó accidentalmente a una mujer y un vendedor comenzó a gritar. Las cajas de frutas cayeron al suelo y aquello retrasó por unos segundos a sus perseguidores, dejando que Antonella aprovechara para doblar por otro callejón.

Ella respiraba con dificultad. Sentía que el corazón iba a salírsele del pecho, pero debía continuar.

— Solo un poco más — se dijo a sí misma, pero sus fuerzas comenzaban a abandonarla.

Después de varios minutos corriendo sin rumbo, llegó a una calle completamente vacía donde no se escuchaban pasos ni voces.

Fue ahí que miró hacia atrás por primera vez desde que escapó, creyó haberlos perdido. Luego se apoyó sobre una pared intentando recuperar el aliento y las lágrimas comenzaron a mezclarse con el sudor.

— Lo logré... — dio un paso hacia adelante, pero entonces una mano enorme cubrió su boca y otra rodeó su cintura.

Antonella soltó un grito ahogado, comenzando a golpear desesperadamente al hombre que la sujetaba. Ella intentó morderlo, pateó con todas sus fuerzas, pero no consiguió nada.

— ¡Quieta! — exclamó, pero ella no obedeció.

— Métanla en la camioneta — dijo otro hombre que apareció frente a ella y Antonella negó una y otra vez.

— ¡Suéltenme! — gritó tras un descuido y su voz se quebró en segundos — ¡Por favor!

Nadie la escuchó. Entre dos hombres la levantaron prácticamente en el aire y ella continuó golpeando. Después arañó uno de los rostros frente a ella, mientras que otro recibió un rodillazo en el estómago.

— ¡Maldita sea! ¡No deja de moverse!

En ese momento abrieron la puerta de una camioneta negra aparcada en la esquina y la lanzaron al interior como si fuera un bulto. Antonella cayó sobre el asiento de cuero he intentó salir inmediatamente, pero alguien cerró la puerta con seguro sonó dejándola sin escapatoria.

Respirando agitadamente Antonella levantó la vista y frente a ella había un hombre que jamás había visto, pero que daba mucho miedo. Este vestía un impecable traje rojo y sus manos descansaban tranquilamente sobre un bastón de madera oscura. Él tendría poco más de treinta años, con cabello negro perfectamente peinado y ojos grises. Tenía una expresión serena que contrastaba con el caos que acababa de provocar y la observaba... como si estuviera disfrutando del espectáculo.

En ese momento Antonella sintió un escalofrío, ya que aquel hombre seguía sonriendo lentamente sin decir nada.

— Debo admitir que me sorprendiste al escuchar de mis hombres — ella permaneció en silencio — Ninguna mujer había conseguido hacer correr a diez de los mejores por toda Florencia.

Antonella tragó saliva.

— ¿Quién... quién es usted?

Él soltó una breve risa.

— ¡Vaya! Pensé que tu padre habría tenido la delicadeza de decírtelo antes de conocernos.

Ella negó lentamente ante sus palabras y el hombre estiró la mano hacia ella. No para tocarla, solo como un gesto de presentación.

— Mi nombre es Dante Ferraro y desde este momento soy el hombre con el que vas a casarte.

Al escuchar eso Antonella sintió que la sangre abandonaba su rostro. Ella había escuchado ese apellido alguna vez, en susurros, en rumores y siempre acompañado de miedo. Alguien le había dicho que ese hombre era un mafioso peligroso, un monstruo en todo la extensión de la palabra.

— Yo... yo no quiero ir con usted — dijo dejando la mano de Dante extendida.

— Lo sé — dijo él y su respuesta fue tan tranquila que resultó aterradora.

— Déjeme ir por favor, yo no tengo la culpa de lo que haya hecho mi padre — él negó lentamente.

— Eso ya no es posible y tampoco me importa lo que tú quieras. Desde ayer me perteneces eso es lo único que me importa.

— No soy una mercancía. Usted no puede comprarme. 

— ¿Está segura de eso? — pregunto — Hasta donde yo sé siempre hago lo que quiero y obtengo lo que me da la gana. Así que mejor obedece lo que te digo o lo próximo que sabrás de mí es como pongo una bala en tu cabeza.

Justo ahí después de escuchar eso Antonella comprendió que, aunque había conseguido escapar de la prisión de su padre... Acababa de entrar en otra mucho más peligrosa de la cual no sabía cómo iba a escapar.

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