Adriano salió ese día para asistir a una reunión con sus colaboradores más cercanos. El asunto de la florería de Enzo era bastante importante. Al parecer, alguien había pagado a un joven soldado de una banda de delincuentes recién formada para hacer el trabajo.
—Esto es muy raro. Ustedes y yo sabemos bien que, en esta ciudad, nada se mueve sin que nosotros lo sepamos. Quiero que me traigan a esos niños… o lo que sean —dijo Adriano con voz seca y firme—. Los quiero tener delante de mí.
—Sí, jefe