Richard Sinclair lucía exactamente como era: un hombre que jamás había entrado en una habitación dudando de su derecho a poseerla.
Tenía sesenta y cinco años, cabello plateado y una complexión robusta, propia de alguien que había dedicado décadas a forjarse una coraza. Su traje era de un gris carbón impecable. Sus abogados lo flanqueaban como si fueran figuras arquitectónicas. Salió del ascensor con la autoridad mesurada de quien responde a una citación que pretende disfrazar de invitación.
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