La semana que siguió fue una calma tensa, hecha de promesas que Antonia se repetía cada mañana frente al espejo y que se desmoronaban cada tarde cuando el teléfono sonaba con el número de la mansión.
No volvió a ir. Cumplió su palabra. Pero las llamadas de Elena eran cada vez más urgentes, los mensajes de los médicos cada vez más preocupantes. Alejandro comía, pero apenas. Dormía, pero con pesadillas. Hablaba, pero solo para preguntar por ella. Los sedantes no hacían efecto, las terapias no fun