La lluvia había cesado cuando Antonia llegó a la casa de Noah, pero el aire seguía pesado, cargado de electricidad y algo más.
La camioneta de Noah estaba estacionada en la entrada, con el capó frío, las puertas cerradas. Había vuelto. Antonia sintió un alivio que le duró apenas unos segundos, porque las luces de la casa estaban apagadas. No la del taller, no la de la cocina, no la de la habitación de Leo. Todas apagadas. Solo la luz tenue de la luna que se filtraba por los ventanales iluminaba