La mañana en la casa de Noah había recuperado su ritmo. El sol entraba por los ventanales de la cocina, calentando las baldosas donde Leo gateaba persiguiendo una pelota de colores. El niño reía con esa risa líquida de los que aún no saben que el mundo duele, y Antonia lo miraba desde la mesa, con una taza de café entre las manos, sintiendo que por fin, después de semanas de huir y esconderse, algo empezaba a volver a su lugar.
Noah estaba en el jardín, cortando las ramas secas de los jazmines