El sonido de sus propios pasos sobre el mármol del pasillo le recordaba a Antonia el redoble de un tambor de guerra. No miró atrás. Sabía que Alejandro seguía en la piscina, luchando contra el choque térmico y la furia ciega, pero ya no le importaba. El dispositivo que Noah le había entregado seguía emitiendo un calor suave contra su muslo, un recordatorio físico de que el diseño de su vida ya no pertenecía a los Montenegro.
Al entrar en su habitación, Antonia cerró la puerta con llave. Sus man