El trayecto de regreso a la mansión desde la gala de la Fundación fue un ejercicio de contención insoportable. Dentro del Mercedes blindado, el silencio no era ausencia de sonido, sino una presencia física, pesada y cargada de una electricidad estática que hacía que a Antonia le picara la piel.
Alejandro no había soltado su mano ni un solo segundo, pero su agarre ya no pretendía ser el de un esposo devoto ante las cámaras. Sus dedos rodeaban su muñeca con la firmeza de un grillete, marcando su