El sótano de la mansión olía a humedad y a miedo acumulado. Las paredes de piedra, que habían visto demasiados secretos, ahora eran testigos del último acto de una guerra que había durado años. Los dos prisioneros del Sindicato estaban esposados a sillas de metal, con los rostros pálidos y los ojos hundidos, como si la esperanza se hubiera ido de ellos mucho antes de que los capturaran. Caleb los había interrogado durante horas, y las respuestas, al principio evasivas, se habían vuelto un torre