El sol ya estaba alto cuando Alejandro se retiró a su habitación. La luz de la mañana se filtraba por las cortinas de lino, y el aroma a jazmines entraba por la ventana abierta, mezclándose con el olor a madera vieja y a libros. Se sentó en el borde de la cama, sintiendo que el cansancio le pesaba en los hombros, pero también una ligereza que no había sentido en años. Las palabras de Noah y Antonia le resonaban en la cabeza como un eco que no se apagaba. «La promesa no era solo cuidarla a ella.