La mansión Montenegro amaneció sumida en un silencio que no se escuchaba desde los días posteriores a la muerte del abuelo. No era el silencio de la calma, sino el de la desolación. El que sigue a las tormentas, cuando los escombros aún humean y los sobrevivientes buscan entre las ruinas los restos de lo que alguna vez fue su hogar. Las cortinas de la biblioteca seguían cerradas, la chimenea seguía apagada, y los jazmines del jarrón de la entrada habían comenzado a marchitarse, sus pétalos blan