El Santuario de la Red amaneció envuelto en una tensión que no se veía desde los días del enfrentamiento contra el Sindicato en la Patagonia. No era el bullicio de las batallas, sino el silencio sepulcral que las precede. Los pasillos de hormigón, generalmente iluminados con una luz blanca y fría, estaban ahora en penumbras; solo las luces de emergencia parpadeaban en las esquinas, pintando las paredes de un rojo intermitente y fantasmal. El eco de los pasos de los pocos que circulaban resonaba