La noche cayó sobre la cabaña como un manto de plomo, espeso y húmedo, cargado de la presión que precede a los grandes cambios. Antonia no había podido dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Alejandro pidiéndole que se quedara, la sonrisa de Camila diciéndole «siempre vuelve», la carita de Tobías pálida y frágil en la cuna del hospital. El insomnio la carcomía por dentro, royendo sus defensas como una polilla que devora la madera desde adentro, dejándola hueca, vacía, a punto de