Camila caminaba delante de Antonia con pasos lentos, medidos, como si quisiera prolongar el recorrido. La escalera crujía bajo sus pies, y los retratos de los Montenegro la miraban desde las paredes con sus ojos de piedra. Antonia seguía a unos pasos, sintiendo el peso de la mirada de Camila en la nuca, aunque la mujer no se volvía. Era una sensación incómoda, esa certeza de que cada uno de sus movimientos estaba siendo registrado, evaluado, archivado en algún lugar de la mente de su adversaria