Regresamos al automóvil en silencio.
Pero la sensación no desapareció.
Seguía ahí, pegada a la piel, instalada en lo más profundo de mis huesos. Algo en ese lugar me había reconocido, y yo no tenía idea de qué hacer con eso.
Era como si una parte de mí hubiera estado esperando ese momento toda la vida.
Y aun así la manada me había rechazado.
Apreté la mandíbula.
Eso me enfurecía más de lo que quería admitir.
Caminé hasta el auto sin decir nada y abrí la puerta con brusquedad. El golpe resonó má