Sabía que mi tiempo se estaba acabando.
No hacía falta que los médicos lo dijeran, ni que me dediquen miradas cuidadosas, ni mucho menos, el silencio incómodo de quienes intentaban no hablar de lo inevitable.
De mi muerte.
Yo lo sentía en el cansancio extremo de mi cuerpo, en los huesos, que cada vez podían sostener menos mi propio peso. Cada respiración era más pesada que la anterior y el dolor que sentía era inexplicable.
Pero mayormente lo sentía en el alma.
Sabía que me faltaba poco para p