Corrí.
O al menos, eso intenté.
Mis patas apenas respondían como antes. Cada zancada era más corta, más torpe, más pesada. El aire entraba a mis pulmones con dificultad, recordándome que el tiempo ya no estaba de mi lado.
Pero no me detuve.
No podía.
Había algo más fuerte que yo que me pedía que no me detenga.
El bosque se abría ante mí como un recuerdo vivo. Los aromas, los sonidos, la humedad del suelo, todo era tan familiar que dolía.
Había pasado demasiado tiempo lejos.
Demasiado.
Solté un