66. No puedo hacerlo
Clara
—Dime quién fue, Clara. Habla de una vez.
La exigencia de Maximiliano reverbera en las paredes desnudas del sótano, vibrando en el cemento gris y metiéndose directamente bajo mi piel como una astilla de hielo.
Sus manos siguen apoyadas a ambos lados de mi cabeza, hundiéndose contra el muro, atrapándome en un callejón sin salida donde solo existimos su respiración acelerada y mi pánico descontrolado. Su silueta me borra la luz parpadeante del techo; es una presencia masiva, oscura, que de