5. Las deudas del padre

Maximiliano

NO PUEDE SER.

Ese apellido.... ese maldit0 apellido que me ha estado persiguiendo por años.

Tengo que leer dos veces para darme cuenta que es cierto, que después de años buscando a la basura Soler, resulta que ella sola se ha presentado en mi puerta.

La furia me recorre la columna como una descarga eléctrica. 

Mis pupilas se dilatan y mi respiración se vuelve profunda, cargada de un odio que lleva años macerándose en mi pecho. 

Sin poder contenerlo una carcajada de furia, frustración y odio se me escapa.

Soler. El apellido del hombre queme arruinó la vida, a mi, a mi padre… que me dejó sin madre. 

—Soler —repito el apellido, saboreando el veneno de cada sílaba—. Clara Soler.

La miro ahora y no veo a una mucama. Veo a la hija de mi peor enemigo. 

El cambio en mi interior es brutal; el interés superficial se transforma en una sed de venganza palpable.

—¿Qué tan mal pagamos aquí que la hija de una familia como la tuya tiene que robar sobras de pan? —le pregunto, inyectando todo el veneno posible en mi voz. Ella no entiende cómo lo sé, pero su desconcierto alimenta mi satisfacción.

—Lo lamento, señor Roth… —su voz tiembla—. Por favor… no me despida. Lo tiraré todo ahora mismo.

La observo sacar la comida del bolso con lágrimas de frustración empañándole la vista. 

Tira el pan, tira las uvas… lo tira todo a la basura. 

Cuando llega a las frutas, veo su mano temblar de una forma que me detiene.

Mi mano se cierra sobre su muñeca antes de que pueda soltarlas. Su piel está fría, su pulso desbocado bajo mis dedos.

—Quédatelas —digo con desprecio, soltándola como si su contacto me quemara—. Al menos eso no ha pasado por la boca de nadie más. Vete. Antes de que cambie de opinión y te entregue a seguridad por robo agravado.

La veo huir con el carrito, pero no me quedo tranquilo. Entro en mi suite y saco la tablet. Abro la red de seguridad y sigo su rastro. 

Ella no va a la salida. Baja por las escaleras de servicio, nivel tras nivel, hasta las profundidades del sótano. 

La veo entrar en una bodega marcada como "Fuera de Servicio".

—Rata mentirosa… No debiste mentirme niña.—susurro.

Bajo al sótano de inmediato. El olor a humedad y olvido me recibe. 

Empujo la puerta de la bodega de golpe, listo para humillarla y lanzarla a la calle, pero lo que encuentro me deja mudo.

No está sola. Un niño pequeño, de unos cinco años, está sentado sobre unas mantas sucias en el suelo. 

Ella se pone de pie de un salto, interponiéndose entre el crío y yo como una leona herida. 

El niño tiene un trozo de mi pan en la mano.

Puede que sea su hijo… Por alguna razón el pensamiento me sabe amargo, pero lo desecho, porque lo que importa es lo que eso significa: 

El último de la estirpe Soler, viviendo entre cajas de cartón en mi propiedad. 

La ironía es deliciosa. Mi plan de venganza acaba de encontrar su pieza perfecta.

—Vives como una rata en mi propiedad, Soler —digo, mi voz resonando con una autoridad implacable—. Mañana a las seis en punto, estarás en mi oficina principal.

Ella tiembla, pero no se mueve.

—Si intentas huir con el niño, llamaré a la policía por robo y allanamiento, y dejaré que Bienestar Infantil se encargue de él mientras tú vas a prisión. ¿Fui claro, Soler?

La veo asentir desesperada y sonrío.

Me giro y salgo, dejando que el frío la envuelva. 

La hija de Ricardo Soler está bajo mi bota, y mañana empezaré a cobrar cada una de las deudas de su padre.

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