2. La guarida del lobo

Clara

El contacto es como una explosión eléctrica. 

Sus labios están calientes, pero no se mueven. Es como besar una estatua de mármol. 

Mi mente grita que esto es una locura, pero cuando escucho la voz del matón preguntando si han visto a una mujer, presiono más, moviendo mis labios con una urgencia desesperada, dejando escapar un pequeño gemido de miedo que se funde en su boca.

Siento su mano subir por mi espalda. 

Por un segundo, mi corazón late con una esperanza estúpida, pero entonces sus dedos se enredan en mi cabello con una presión dolorosa, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás, rompiendo el beso de golpe.

Sus ojos están a milímetros de los míos, cargados de una furia gélida que me hiela la sangre más que el invierno.

—Ya es suficiente —dice él. Sus ojos escanean mi rostro con una intensidad que me hace sentir desnuda, como si estuviera buscando algo que no logra encontrar—. Roger, arranca.

El auto sale disparado con una potencia que me hace caer de nuevo sobre el asiento lateral. 

Me quedo encogida en el rincón, temblando, mientras el silencio en el vehículo se vuelve asfixiante. 

Me limpio los labios con el dorso de la mano, sintiendo la cara arder de vergüenza. 

Él se toma un segundo para ajustarse los puños de la camisa, con una elegancia que me hace sentir como la basura callejera que probablemente cree que soy.

—Gracias… —logro decir, con el pecho subiendo y bajando acelerado—. Tenía que hacerlo. Yo… no suelo hacer estas cosas.

Él gira la cabeza lentamente hacia mí. Su expresión es letal.

—Cállate —su voz es un látigo—. No sé qué tipo de juego crees que estás jugando, pero acabas de cometer el error de tu vida, niña. Nadie me toca sin mi autorización. Nadie me usa como escudo.

El miedo que sentía por los hombres de mi padre es reemplazado por un pavor nuevo. 

Este hombre es peligroso de una manera que los matones de mi padre nunca podrían ser. 

Es una oscuridad refinada, una autoridad que no admite réplicas.

—Has escapado de unos perros para entrar en la guarida de un lobo —sentencia él, regresando a su posición original y mirando hacia el frente con indiferencia—. Detén el auto, Roger. Déjala en la siguiente esquina.

El Audi se detiene en una zona oscura, lejos de mis perseguidores. Sin esperar un segundo más, abro la puerta. 

Mis piernas flaquean cuando mis pies tocan el pavimento, pero me obligo a correr. 

No miro atrás. No me detengo hasta que el rugido del motor desaparece en la distancia.

Tengo diez dólares en el bolsillo, el estómago vacío y el sabor de un extraño peligroso amargándome la lengua. 

Camino hacia el metro, tratando de calmar los temblores de mis manos, convenciéndome de que nunca más volveré a ver a ese hombre. 

Chicago es enorme, él es un millonario en un Audi y yo soy una sombra que limpia pisos para sobrevivir. 

Los hilos de nuestras vidas nunca deberían volver a cruzarse.

O eso es lo que intento creer mientras me hundo en la oscuridad del sótano del hotel Diamond, donde mi hermano me espera.

*****

El silencio en los pasillos del Hotel Diamond es pesado, casi antinatural. 

A esta hora, cuando la medianoche ya ha pasado, el edificio parece un gigante dormido que exhala lujo en cada rincón. 

Mis pies, envueltos en los zapatos reglamentarios y baratos del uniforme, me duelen con cada paso, pero me obligo a mantenerme erguida. 

El carrito de limpieza chirría levemente, un sonido que en mis oídos suena como una sirena de alarma, aunque sé que a esta hora nadie presta atención a una mucama invisible.

Acomodo mi placa en el pecho. Clara Soler. Cada vez que veo ese apellido impreso en el plástico, siento un escalofrío. 

Es una marca, un recordatorio de la sangre que corre por mis venas y de la que estoy intentando huir.

Mi estómago ruge de nuevo, un sonido tan fuerte que me obliga a apretarme el vientre con una mano. 

He pasado todo el día con una taza de café aguado de la sala de empleados. 

Mis niveles de azúcar están por el suelo y la debilidad me hace ver pequeñas manchas negras en la periferia de mi visión.

 Pero el hambre no es lo que me quema; lo que me consume es la culpa.

Entro en la habitación 508. 

Es una suite estándar, pero para alguien que vive en una bodega, parece un palacio. Recorro la estancia con la mirada, buscando. 

Mis dedos tiemblan mientras retiro las sábanas de seda desordenadas y recojo las toallas del suelo. 

Entonces, lo veo sobre la mesilla de noche: un paquete de papas fritas y otro de galletas, apenas empezados.

Me quedo paralizada, con el corazón latiendo en la garganta. 

Miro hacia la puerta, asegurándome de que esté cerrada. 

La lucha interna se desata en mi pecho.

Pero entonces la imagen del pequeño Matti sonriendo llega a mi mente y la desición está tomada. Él no va a morir de hambre.

«No es robo, Clara. Ellos lo van a tirar. Es desperdicio», me susurro a mí misma, pero mis manos tiemblan con la vergüenza de una criminal.

Lentamente, como si estuviera manipulando explosivos, tomo los paquetes y los deslizo dentro de la bolsa oculta en mi carrito. 

Siento una punzada de náuseas. 

Mi padre siempre decía que los Soler nacimos para tenerlo todo, y ahora aquí estoy, rebuscando en la basura de los ricos para que mi hermano pequeño pueda masticar algo antes de dormir. 

La ironía es un ácido que me corroe por dentro.

Termino la habitación en tiempo récord. Necesito llegar a la última planta, el piso 42. 

Es la zona de las suites de gran lujo, el lugar donde se quedan los intocables. 

He escuchado los rumores en la lavandería: el dueño del hotel ha llegado a Chicago. 

Dicen que es un hombre despiadado, un tiburón que ha venido a limpiar la sede de "ineficiencias".

El ascensor de servicio me lleva hasta la cima. 

Al abrirse las puertas, la alfombra es tan gruesa que mis pasos se vuelven mudos. 

Llego a la Suite Presidential. 

Al abrir la puerta con mi tarjeta maestra, el aroma me golpea de frente. 

Sándalo. Cuero. Tabaco caro.

Me quedo de piedra en el umbral. Ese olor… es el mismo del auto. El mismo del hombre que me besó en la oscuridad de la noche de Chicago.

Sacudo la cabeza, tratando de alejar la paranoia. «Es imposible, Clara. 

Hay miles de hombres ricos que huelen igual». Pero el vello de mis brazos se eriza. 

Avanzo con cautela hacia el recibidor y lo que veo me hace soltar un sollozo ahogado. 

Sobre la mesa hay una bandeja de servicio de habitaciones intacta. Panes artesanales, frutas frescas, uvas que brillan bajo la luz de las lámparas de cristal.

Es el premio gordo. Es comida de verdad. Comida que Mattias necesita desesperadamente para dejar de verse tan pálido.

Sin pensarlo, empiezo a meter los panes en mi bolso personal, el que llevo colgado del carrito. 

Mis movimientos son erráticos, desesperados. 

Tomo una manzana, luego un racimo de uvas.

 La adrenalina de la necesidad eclipsa mi juicio. En medio de mi frenesí, paso la escoba bajo la enorme cama king size y escucho un roce metálico. 

Me agacho y mi corazón da un vuelco: un billete de cincuenta dólares brilla bajo la luz.

—Oh, Dios… gracias —susurro, apretando el billete contra mi pecho como si fuera un milagro.

Con este dinero podría comprarle a Matti unos zapatos nuevos, o leche, o quizás carne de verdad. 

Lo guardo en mi bolsillo con manos febriles. 

Estoy a punto de salir, sintiendo que por fin la suerte me ha dado un respiro, cuando una voz gélida, cortante como una cuchilla de afeitar, detona a mis espaldas.

—¿Es costumbre en este hotel que el personal se sirva de la cena de los huéspedes como si fuera un buffet gratuito?

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