3. ¡Está aquí!

Clara

Me quedo petrificada. 

El aire se congela en mis pulmones. Siento una presión invisible que me impide moverme, un peso de autoridad que me aplasta los hombros. 

Lentamente, con el corazón martilleando contra mis costillas hasta el punto del dolor, me obligo a girarme.

Ahí está él.

Es el hombre del Audi. Pero aquí, bajo la luz directa de las lámparas del hotel, su presencia es diez veces más abrumadora. 

Viste un pantalón de traje oscuro y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados, las mangas remangadas revelando unos antebrazos poderosos. 

Su mirada no es solo fría; es letal.

—Señor… yo… —mi voz sale como un graznido. Intento desesperadamente esconder el bolso detrás de mi cuerpo, pero es inútil.

—Míreme cuando le hablo —ordena. Su voz no es un grito, es algo mucho peor: una orden absoluta que no admite réplicas.

Levanto la vista, encontrándome con esos ojos de obsidiana que ahora me escanean con un reconocimiento lento y peligroso. 

Veo cómo su mandíbula se tensa. Una chispa de algo que parece odio puro se enciende en sus pupilas.

—Tú… —dice él, y el tono me hace querer desaparecer bajo la alfombra—. Así que pasamos de asaltar autos a robar en las habitaciones. Vaya ascenso, ratita.

—No es lo que parece —suplico, la vergüenza quemándome las mejillas—. Solo estaba… despejando la estancia. Pensé que ya no la querían.

—¿Pensaste? —se acerca un paso, invadiendo mi espacio personal. Su tamaño es dominante, me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás—. No te pago para que pienses, y mucho menos para que te lleves lo que no te pertenece. ¿Nombre?

¿No me paga? Oh Dios él… él es…La sorpresa debe estar marcada en toda mi cara porque veo como arquea una ceja y dice:

—Trabajas aquí y no sabes quienes son los dueños, ¿no sabes que yo, Maximiliano Roth, soy el dueño de este imperio? a mi me parece que me estás engañando, ratita. Ahora dame tu nombre o llamo a seguridad para que te pongan lancen a la calle.

No puede estarme pasando esto.

¿Qué tanta mala suerte tengo que tener en la vida? 

El cuerpo entero me tiembla mientras veo al imponente hombre de hielo enfrente mio.

Es mucho más aterrador de lo que recordaba.

—Nombre, ahora—repite.

Dudo. Siento que el suelo se abre bajo mis pies. 

Si en verdad es el dueño y le doy mi nombre, estoy acabada, podía sacarme en un santiamén. Pero sus ojos se endurecen, convirtiéndose en dos esquirlas de hielo. 

Con dedos temblorosos, señalo mi placa.

Él se inclina, sus ojos bajando hacia mi pecho. El tiempo parece detenerse.

 Veo cómo sus facciones, ya de por sí duras, se transforman en una máscara de furia contenida al leer las letras grabadas en el plástico. 

Sus pupilas se dilatan y su respiración se vuelve más profunda, más pesada.

—Soler —repite el apellido como si fuera un insulto, una maldición que le amarga la boca—. Clara Soler. 

Una carcajada sale de sus labios, aunque no parece para nada feliz o divertido antes de susurrar:—Debí imginarlo…

Ni siquiera puedo preguntar qué significa eso.

El silencio que sigue es sepulcral. No entiendo por qué mi apellido parece haberlo golpeado con la fuerza de un rayo, pero el cambio en él es brutal. 

Ya no es solo un huésped molesto; ahora parece un hombre que acaba de encontrar a su peor enemigo.

—Dime, ¿Qué tan mal pagamos aquí que la hija de una familia como la tuya tiene que robar sobras de pan? —pregunta, y hay un veneno en su voz que me desconcierta. ¿Cómo sabe quién soy? ¿O es solo una coincidencia?

—Lo lamento, señor Roth —mi voz tiembla—. Por favor… no me despida. No volverá a ocurrir. Lo tiraré todo ahora mismo.

Empiezo a sacar la comida de mi bolso, arrojándola a la bolsa de basura con lágrimas de frustración empañándome la vista. 

El pan que Matti esperaba, las uvas… todo se pierde entre los restos de otros clientes. Cuando llego a las frutas, su mano rodea mi muñeca. Su agarre es firme, abrasador.

—Quédatelas —dice con desprecio, soltándome como si mi piel le quemara—. Al menos eso no ha pasado por la boca de nadie más. Vete. Antes de que cambie de opinión y te entregue a seguridad por robo agravado.

No me lo dice dos veces. Empujo el carrito con una fuerza desesperada, escapando de la suite, de su mirada y de esa opresión en el pecho que no me deja respirar. 

Bajo en el ascensor sintiendo que he escapado de la muerte por segunda vez en un mes.

Termino mi turno mecánicamente, con el corazón todavía acelerado. 

Evito a mis compañeras y a los guardias, moviéndome por las sombras del sótano hasta llegar a la bodega olvidada. 

Abro la puerta con cuidado, el chirrido de las bisagras oxidadas me advierte que estoy en casa.

—¿Laly? —la voz pequeña y soñolienta de Mattias me llega desde el rincón.

Él está sentado sobre las mantas que usamos como cama, frotándose los ojos. 

Tiene cinco años, pero la vida en la bodega ha hecho que sus ojos parezcan los de alguien mucho más viejo. 

Me acerco y lo envuelvo en mis brazos, aspirando su aroma a pesar de la suciedad y el frío.

—Aquí estoy, pequeño renacuajo —le susurro, sacando las frutas que logré salvar.

Sus ojitos se iluminan al ver la comida. 

Empezamos a comer en silencio, compartiendo la manzana como si fuera el manjar más exquisito del mundo. 

Por un momento, me permito creer que estamos a salvo.

Pero entonces, el eco de unos pasos pesados y decididos resuena en el pasillo exterior del sótano. 

Nadie viene aquí a estas horas. Mattias se pone tenso, abrazándose a mis piernas. 

Me pongo en pie de un salto, mi cuerpo actuando como un escudo frente a mi hermano.

La puerta de la bodega se abre de golpe, golpeando la pared con un estruendo metálico. 

La figura que se materializa en el umbral, envuelta en la luz fría del pasillo, hace que mi alma se caiga a los pies.

Maximiliano Roth está allí, llenando la entrada con su presencia imponente. 

Sus ojos recorren la miseria de nuestro refugio: las cajas, las mantas en el suelo, la humedad de las paredes… y finalmente se clavan en el pequeño Mattias, que tiembla detrás de mí con un trozo de pan en la mano.

—Por favor… —mi voz se rompe—. Puedo explicarlo. No nos eche a la calle, se lo ruego.

El rostro de Maximiliano es una máscara de piedra, pero hay una tormenta de odio y algo más profundo en su mirada y sé, con absoluta certeza que él no va dejar pasar esto y que el cobro por lo que hice hace unas semanas en su auto está por empezar.

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