4. Patética

Maximiliano

(Horas antes)

Dos semanas. 

Catorce malditos días en los que el rastro de la intrusa del Audi se desvaneció como el humo en el invierno de Chicago. 

He revisado las grabaciones de las cámaras de tráfico, he presionado a mis contactos, pero la mujer que tuvo la osadía de usar mis labios como escudo desapareció.

Siento el sabor de su miedo —y de su desesperación— cada vez que cierro los ojos, y eso me enfurece. Nadie me usa. Nadie me toca sin que yo lo autorice.

—Este hotel es un cementerio de dinero, Roger —gruño, observando la fachada del Hotel Diamond desde el asiento trasero—. Mi padre se ha lucido enviándome a este vertedero.

—El señor Alexander cree que usted es el único capaz de reflotarlo, jefe —responde Roger con su neutralidad habitual.

Bajo del auto y el aire gélido de Chicago me golpea, pero mi frialdad interna es mayor. 

Entro en el lobby y el desastre es evidente. No hay nadie en la recepción. 

El mármol tiene manchas de agua, la iluminación es lánguida. Este lugar no es un hotel de cinco estrellas; es un insulto a mi apellido.

Finalmente, una mujer de unos treinta años aparece corriendo, acomodándose el uniforme con torpeza. 

Al verme, se queda lívida. El miedo en sus ojos es patético.

—S-señor Roth… no lo esperábamos hasta mañana —tartamudea, intentando forzar una sonrisa coqueta mientras se inclina sobre el mostrador, dejando ver más de lo necesario en su escote—. Soy Elena, la jefa de recepción. Si necesita algo especial para su estancia… cualquier cosa…

La miro con un desprecio que no me molesto en ocultar. Me cansa la previsibilidad de la gente.

—En lugar de ofrecerte como una mercancía barata, deberías haber estado en tu puesto hace cinco minutos —suelto, mi voz es un látigo que le borra la sonrisa de golpe—. El Diamond está en la ruina por incompetentes como tú. Mañana quiero un informe de cada empleado en mi escritorio. Muévete.

Subo a la Suite Presidential sin esperar respuesta. 

Necesito silencio, pero lo que encuentro es una habitación que, aunque limpia, exhala una presencia que me pone alerta. 

El aroma. Es tenue, casi imperceptible debajo del olor a desinfectante, pero mis sentidos —Entrenados para detectar cualquier anomalía— lo captan de inmediato.

Dulce. Familiar. Peligroso.

Me quedo en las sombras del pasillo interior cuando escucho el chirrido de un carrito. 

Una mucama entra. 

Se mueve con una urgencia que no es profesional; es el hambre de un animal carroñero. 

La observo desde la oscuridad mientras saquea la bandeja de frutas y panes con manos temblorosas.

—¿Es costumbre en este hotel que el personal se sirva de la cena de los huéspedes como si fuera un buffet gratuito? —suelto, mi voz cortando el aire como una cuchilla de afeitar.

La mujer se queda petrificada. 

Veo cómo sus hombros se tensan y su respiración se detiene. Lentamente, se obliga a girarse hacia mí, pero no me mira.

Viste el uniforme de mi hotel, pero su mirada sigue siendo la misma: una mezcla de terror y una resiliencia que me saca de quicio. 

La observo con frialdad letal. Llevo mis mangas remangadas, mis antebrazos todavía tensos por el viaje, y puedo sentir cómo su vista se nubla ante mi presencia.

—Señor… yo… —su voz sale como un graznido. Intenta esconder el bolso detrás de su cuerpo. Patética.

—Míreme cuando le hablo —ordeno. No necesito gritar; mi autoridad es una orden absoluta que la aplasta contra el suelo.

Escaneo su rostro con un reconocimiento lento y peligroso. 

Siento cómo mi mandíbula se tensa. 

Una chispa de algo que no puedo controlar se enciende en mis pupilas cuándo me doy cuenta de quién tengo enfrente.

Es la intrusa del Audi.

—Tú… —mi tono la hace querer desaparecer—. Así que pasamos de asaltar autos a robar en las habitaciones. Vaya ascenso, ratita.

—No es lo que parece —suplica ella, con las mejillas encendidas por la vergüenza—. Solo estaba… despejando la estancia. Pensé que ya no la querían.

—¿Pensaste? —Doy un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que tiene que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerme la mirada—. No te pago para que pienses, y mucho menos para que te lleves lo que no te pertenece. ¿Nombre?

Veo como abre los ojos en sorpresa y me doy cuenta que ni siquiera sabía que soy el dueño, eso me molesta más todavía.

Ella duda. Veo el pánico en sus ojos, el suelo abriéndose bajo sus pies. Con dedos temblorosos, señala su placa de identificación. 

Me inclino ligeramente, mis ojos bajando hacia su pecho. 

El tiempo se detiene cuando leo las letras grabadas en el plástico.

Clara Soler.

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