6. ¿Harías lo que fuera, Clara?

Maximiliano

El reloj de pared, una pieza de relojería suiza incrustada en el panel de roble, marca las 3:15 AM. El silencio en la Suite Presidential es absoluto, solo interrumpido por el suave zumbido de la ventilación y el golpeteo rítmico de mis dedos sobre la superficie de cristal de mi escritorio. 

No he podido dormir. Es una sensación irritante, como una picazón debajo de la piel que no puedo alcanzar. Cada vez que cierro los ojos, la oscuridad me devuelve la misma imagen: esos ojos verdes, dilatados por el terror y la rabia, desafiándome desde el suelo de una bodega mugrienta.

—Soler —susurro, y el nombre se siente como ceniza en mi lengua.

Presiono el botón del intercomunicador con una fuerza innecesaria.

—Roger, despierta al jefe de Seguridad y al de Recursos Humanos. Quiero el legajo completo de la empleada Clara Soler en mi servidor ahora. No me importa que tengan que arrastrarse fuera de sus camas; lo quiero en cinco minutos.

Me pongo de pie y camino hacia el ventanal que ofrece una vista panorámica de un Chicago cubierto por una sábana de nieve grisácea. Las luces de la ciudad parecen estrellas moribundas. 

Mi mente, siempre estratégica, empieza a trazar líneas de conexión. ¿Es una coincidencia? No creo en las coincidencias. Las coincidencias son para los tontos y los que terminan en la quiebra.

El "clic" de una notificación me avisa que el archivo ha llegado. Me siento y comienzo a leer. Lo primero que me golpea es su fotografía de ingreso. Es una imagen de baja resolución, pero la belleza ósea de su rostro es innegable. Luce cansada, con el cabello castaño recogido en un moño demasiado apretado que parece doler, pero hay algo en la curva de sus labios que grita arrogancia herida.

Mi mirada baja a sus credenciales y mi mandíbula se tensa tanto que siento un pinchazo de dolor.

Título en Finanzas. Universidad de Chicago. Magna Cum Laude.

Idiomas: Inglés, Español, Francés.

Mis ojos se entrecierran. Hace apenas tres años, esta mujer estaba destinada a sentarse en las juntas directivas más importantes del país. ¿Y ahora? Ahora vacía mis papeleras y se esconde en los sótanos de mi propiedad como una alimaña.

—¿Qué estás jugando, Clara? —me pregunto, deslizando la imagen en la tablet—. ¿Eres una espía? ¿Te envió Ricardo para encontrar una grieta en mi administración? ¿O eres el cebo para una extorsión mayor?

La paranoia es una vieja amiga que nunca me ha fallado. Los Soler son expertos en el arte del engaño. Mi padre me lo repitió hasta que quedó grabado en mi ADN: "Hijo, un Soler te sonreirá mientras te clava el puñal en la espalda". Ella tiene esa misma mirada. Esa inteligencia que intenta ocultar bajo el uniforme barato de poliéster. Se acuerda de mí, estoy seguro. Ese beso en el Audi no fue un acto de desesperación aleatorio; fue una marca. Fingir que no me conoce ahora es solo parte de su guion.

A las 6:00 AM exactas, el golpe en la puerta suena. Es un sonido débil, casi imperceptible, pero mi oído lo detecta al instante.

—Adelante.

La puerta se abre y ella entra. El contraste entre el lujo de mi oficina y su apariencia es brutal. Viste el uniforme del hotel, una pieza de tela gris que le queda grande, ocultando sus curvas pero resaltando su fragilidad. 

Lleva una chaqueta de lana raída encima, mojada por la nieve, y sus zapatos están desgastados en las puntas. Sin embargo, camina con una rectitud que no pertenece a una mucama. Es la postura de alguien que fue educada para mandar, no para servir.

No la invito a sentarse. Quiero que sienta cada centímetro de la distancia que hay entre nosotros. 

Me tomo mi tiempo, terminando de leer un informe inexistente, dejando que el silencio se vuelva denso, pesado, asfixiante. Puedo oler su miedo; es una nota metálica que flota en el aire, mezclada con el aroma a jabón barato que emana de su piel.

—Tu estancia en el depósito termina hoy, Soler —suelto finalmente, sin levantar la vista. Mi voz suena como el metal chocando contra el hielo—. Este es un hotel de cinco estrellas, no un refugio de la caridad. Seguridad tiene órdenes de desalojar esa bodega en una hora. Tus cosas serán desechadas si no las retiras.

Ella da un respingo, como si la hubiera golpeado físicamente. Sus manos, pequeñas y enrojecidas por el frío y los productos de limpieza, se entrelazan frente a su vientre.

—Señor Roth… por favor —su voz es un hilo, pero tiene una vibración de urgencia que me obliga a mirarla—. No puede hacernos esto. Las calles están a bajo cero. Mi hermano… Mattias… él tiene fiebre. No tenemos a dónde ir.

—Ese no es mi problema —replico con una frialdad que me sorprende incluso a mí—. No soy un trabajador social. Soy el dueño de este imperio y no tolero parásitos en mis cimientos.

Ella se acerca un paso al escritorio, invadiendo el espacio que yo mismo había delimitado. Sus ojos están empañados, pero no deja caer ni una sola lágrima. Esa resistencia me quema. 

Quiero verla romperse. Quiero ver a una Soler de rodillas, pagando por cada lágrima que mi madre derramó.

—Se lo suplico —dice, y esta vez su voz se quiebra—. Trabajaré el doble. Limpiaré las cocinas, los baños públicos, lo que sea. Pero no nos eche. No a él. Él no tiene la culpa de nada.

Me pongo de pie lentamente, rodeando el escritorio con movimientos de depredador. Soy mucho más alto que ella, y mi presencia parece devorar la poca luz que entra por los ventanales. Me detengo a escasos centímetros, lo suficiente para notar que tiembla.

—¿Harías lo que fuera, Clara? —su nombre suena peligroso en mi boca—. ¿Cualquier cosa?

Ella asiente, tragando saliva. Sus ojos bajan a mis labios por un segundo —un rastro de memoria del Audi— y luego regresan a los míos.

—Lo que sea. Yo… yo haré lo que sea.

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