42. No es mi problema
Maximiliano
Abro los ojos mucho antes de que el despertador empiece a taladrarme los oídos. La luz grisácea e invernal de la mañana de Chicago se filtra apenas por los ventanales de la suite, dibujando sombras alargadas sobre el techo.
Me quedo estático, boca arriba, con un brazo detrás de la cabeza y la mirada fija en la nada. No he dormido una puta mierda.
Cada vez que cerraba los ojos, la maldita iluminación blanca de ese baño volvía a encenderse en mi mente, mostrándome la espalda de Cla