30. Empleada de cama
Clara
El estómago me ruge con una violencia que me tuerce las entrañas en cuanto cruzo el umbral de la cafetería de empleados. El olor a frituras, a café cargado y a guisos se mete por mi nariz, despertando un hambre voraz que no hace más que recordarme lo débil que me siento. Llevo días alimentándome a base de café rancio y las sobras que Berta logra esconder en sus bolsillos.
Mi cuerpo está al límite, pero no es mi hambre lo que me arrastra hasta aquí; es el rostro demacrado de Matti, sus la