—Sabía que no debíamos ir a esa cena —dijo Alexandra mientras el auto avanzaba por la carretera—. Mi padre siempre hace estas cosas de… poder. Siempre necesita tener la razón, y lo odio por eso.
La frustración pudo más que ella. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.
Gabriel, sin apartar la vista del camino, extendió la mano y la apoyó con firmeza sobre el muslo de Alexandra, un gesto que buscaba anclarla al presente.
—Tienes todo mi apoyo —dijo con vo