—Sabía que no debíamos ir a esa cena —dijo Alexandra mientras el auto avanzaba por la carretera—. Mi padre siempre hace estas cosas de… poder. Siempre necesita tener la razón, y lo odio por eso.
La frustración pudo más que ella. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.
Gabriel, sin apartar la vista del camino, extendió la mano y la apoyó con firmeza sobre el muslo de Alexandra, un gesto que buscaba anclarla al presente.
—Tienes todo mi apoyo —dijo con voz segura—. En lo que decidas hacer. Y si algún día esto termina… podríamos ser buenos amigos.
Alexandra lo miró, sorprendida, y una pequeña sonrisa se abrió paso entre la tristeza.
—¿Tú crees?
—¿Por qué no podríamos serlo?
Ella negó suavemente.
—Hemos… tenido una relación. No creo que terminar y fingir que nada pasó sea lo más saludable.
Gabriel ladeó el rostro apenas, mirándola de reojo.
—¿Acaso tienes sentimientos por mí?
—¡Por supuesto! —respondió sin pensarlo, mirándolo con una mezcla de sin