—¿Qué? —se incorporó apenas, mirándola con los ojos abiertos de par en par—. ¿Cómo que…?
Alexandra lo miró, nerviosa ahora, pero firme.
—Era mi primera vez.
El silencio que siguió fue distinto. No cargado de deseo, sino de impacto.
—Alexandra… —pasó una mano por su rostro, claramente alterado—. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque tenía miedo —respondió ella con honestidad—. Y porque no quería que me trataras diferente.
Gabriel cerró los ojos un segundo, como si la culpa le golpeara de lleno. Cua