otoño había terminado de instalarse en Nueva York.
Los árboles alrededor de la mansión Strauss estaban casi desnudos, y el frío comenzaba a colarse por cada rincón. Alexandra ya no podía caminar rápido ni fingir que el embarazo no pesaba. Su vientre era grande, redondo, imposible de ocultar. El médico había sido claro:
— Unas cuantas semanas más… y ese bebé estará aquí.
Y eso aterraba a Alexandra más de lo que quería admitir.
Porque mientras más cerca estaba de conocer a su hijo… más sentía que