El día amaneció gris.
Nueva York estaba cubierta por una lluvia fina que golpeaba suavemente los enormes ventanales de la habitación privada del hospital. El ambiente olía a desinfectante, café recién hecho y cansancio acumulado.
Alexandra seguía dormida.
Su respiración era lenta, pesada, agotada después de horas de dolor, miedo y un parto que casi les arranca el alma a todos.
Gabriel estaba sentado junto a la cama.
No se había movido en horas.
Tenía el cabello despeinado, la barba ligeramente