La ambulancia avanzaba a toda velocidad bajo la lluvia neoyorquina. Las sirenas rompían el tráfico mientras dentro todo era caos contenido.
Alexandra no dejaba de temblar.
Cada contracción era más fuerte que la anterior. Sentía el cuerpo agotado, húmedo de sudor, el cabello pegado a la frente y una presión insoportable en la espalda y el abdomen.
— Ahh… Dios… — gimió apretando la mano de Gabriel con fuerza desesperada.
Gabriel permanecía sentado junto a la camilla, completamente inclinado hacia