El amanecer llegó como un recordatorio cruel de que el tiempo no se detiene. Me levanté temprano, incapaz de conciliar el sueño, sabiendo que mi regreso a La Fortaleza había sido solo una tregua momentánea. Los polacos habían cruzado una línea, y no me quedaría de brazos cruzados esperando a que dieran el siguiente golpe.
Me dirigí a la sala de mapas, donde Vicente ya estaba organizando a los hombres. Su postura firme y su rostro concentrado eran un recordatorio de por qué mi padre confiaba tan