Después de la partida de Piotr, la atmósfera en La Fortaleza quedó cargada de incertidumbre. Mi padre se retiró al despacho con Vicente, dejando a Alonzo y a mí en la sala. Por un momento, ninguno de los dos habló. Él me observaba con esa mezcla de curiosidad y desafío que siempre lograba ponerme a la defensiva.
—¿Qué opinas de lo que dijo? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio.
—Que no confío en una sola palabra de ese bastardo. —respondió, cruzándose de brazos. —Los polacos no se molest