KINGSTON
Aeliana era un dolor de cabeza.
No entendía por qué la había emprendido contra Audrey cuando ella solo intentaba ayudar. No quiso dar ninguna opinión cuando se la pidieron; su mamá y la mía estaban planeando nuestra boda como si fuera una merienda cualquiera, y ella se quedó ahí sentada. Las ideas de Audrey eran frescas y encajaban más con los gustos de la gente de su edad, pero ella la hizo callar.
Si hubiera rechazado la ayuda con cortesía, no habría pasado nada, pero fue tan grosera