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Capítulo: ¿Aceptas ser mi nuera?

Lola condujo hasta la cafetería Luna de Abril.

Estaba a menos de diez minutos del Registro Civil.

Durante todo el trayecto apenas recordaba los semáforos por los que había pasado.

Su mente seguía atrapada en la pantalla de aquella computadora.

Darius casado con Chantal. Su esposo y su hermana casados

Cada vez que recordaba esos nombres juntos, el pecho le dolía otra vez.

Aparcó el auto frente a la cafetería y permaneció inmóvil unos segundos.

Respiró hondo.

No podía seguir llorando. No delante de una clienta.

Entró al lugar.

El aroma a café recién molido inundaba el ambiente.

Eligió una mesa en la terraza, donde una ligera brisa ayudaba a disipar el calor de la tarde.

—Un americano, por favor.

Necesitaba despejar la cabeza.

No podía permitirse perder el control otra vez.

Cinco minutos después, una camioneta negra se detuvo frente al local.

Un chofer descendió primero para abrir la puerta trasera.

De ella bajó una mujer elegante, de unos cincuenta años.

Vestía con sencillez, pero cada detalle de su apariencia hablaba de poder.

No llevaba joyas exageradas. No las necesitaba.

Su seguridad hacía más ruido que cualquier diamante.

Lola la reconoció de inmediato.

María Garza Sada. Una de las empresarias de la industria inmobiliaria más influyentes del país.

Su historia era conocida por todos.

Había nacido en una familia humilde y construido su imperio junto a su esposo.

Después de enviudar, no solo conservó la empresa: la convirtió en una de las constructoras más importantes del país.

María caminó directamente hacia ella. Sonrió apenas.

—Señorita Bárcenas.

Lola se puso de pie.

—Señora Garza Sada.

Se estrecharon la mano.

La empresaria tomó asiento sin perder la elegancia.

—Gracias por venir.

—Después de esa llamada, era imposible no hacerlo.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de María.

—Supuse que diría eso.

El mesero dejó el café sobre la mesa.

Ninguna de las dos habló hasta que se retiró.

Lola fue la primera en romper el silencio.

—Ahora sí... dígame qué está pasando.

María la observó unos segundos. No parecía tener prisa. Como si antes de hablar quisiera confirmar algo.

Finalmente dijo:

—Lamento sinceramente lo que ocurrió esta mañana.

Lola sintió un nudo en la garganta.

—Todavía no me ha explicado cómo sabe lo que pasó.

María cruzó las manos sobre la mesa.

—Antes de cerrar negocios importantes, acostumbro a investigar a las personas con las que voy a trabajar.

Era una explicación lógica. Fría. Profesional. Pero aun así inquietante.

—Durante esa investigación descubrí algunas cosas sobre usted.

Lola guardó silencio.

—También descubrí que es una mujer extraordinariamente capaz. Trabajadora. Persistente. Y muy inteligente.

Lola soltó una risa amarga.

—Pues mi inteligencia no me sirvió de mucho. Viví un año creyendo que era una esposa... cuando en realidad nunca lo fui.

María negó despacio.

—No confunda la confianza con la ingenuidad. Los verdaderos culpables son quienes abusaron de ella.

Aquellas palabras golpearon a Lola de una forma extraña.

Era la primera persona que no la miraba con lástima. La estaba mirando con respeto.

—¿Por qué me llamó? —preguntó finalmente.

María sostuvo su mirada.

—Porque las personas como usted aparecen muy pocas veces en la vida.

Lola frunció el ceño.

—No entiendo.

—Yo sí.

María tomó un sorbo de café antes de continuar.

—Necesito a alguien de absoluta confianza. Alguien con carácter. Con principios. Alguien que no se venda por miedo.

Volvió a mirarla directamente.

—Y estoy segura de que esa persona es usted.

Lola permaneció inmóvil.

No entendía hacia dónde iba aquella conversación.

—¿De qué está hablando?

María sonrió con tranquilidad. No era una sonrisa burlona.

Era la de alguien que ya había tomado una decisión.

—Quiero hacerle una propuesta.

—¿Qué clase de propuesta?

La empresaria apoyó ambas manos sobre la mesa.

Luego respondió con absoluta naturalidad:

—Quiero que se case con mi hijo.

Lola sintió que el mundo volvía a detenerse.

Había esperado cualquier cosa. Un empleo. Una sociedad. Un contrato. Lo que fuera. Menos aquello.

—¿...Qué dijo?

María sostuvo su mirada sin apartarla un solo segundo.

—Escuchó bien, señorita Bárcenas. Quiero que sea mi nuera.

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