Mundo ficciónIniciar sesiónLola tomó el acta del Registro Civil sin decir una palabra.
No pidió explicaciones. No preguntó nada más.
Solo salió.
El aire afuera le golpeó la cara, pero no la sacó de ese estado extraño en el que estaba.
Todo se sentía distante.
Como si el mundo no le perteneciera del todo.
Caminó hacia el estacionamiento sin mirar a nadie.
Paso a paso. Lento.
Como si su cuerpo estuviera funcionando por inercia.
Cuando llegó a su auto, abrió la puerta con manos frías.
Se sentó. Y entonces el silencio la alcanzó.
El primer sollozo fue inevitable.
Luego otro. Y después, el cuerpo entero cedió.
Lola se inclinó sobre el volante y lloró.
Sin control. Sin dignidad. Sin pausa.
—No… no… no… —susurraba entre respiraciones rotas.
El pecho le dolía. El aire no le entraba bien.
Y en su mente, una sola imagen se repetía una y otra vez.
Chantal Bárcenas, su hermana, casada con Darius, su esposo.
A los únicos que consideraba familia, eran traidores.
Golpeó el volante con fuerza.
Una vez. Luego otra.
—¡No! —gritó, esta vez con rabia—. ¡No me hicieron esto a mí!
Respiró hondo, pero el aire no la calmó.
La rabia empezó a mezclarse con el dolor. Y ahí cambió algo dentro de ella.
No se quedó solo en llanto. No era ese tipo de mujer.
Los recuerdos comenzaron a aparecer sin permiso. Fragmentos. Sin orden.
Darius riendo en la mesa.
Chantal entrando sin tocar.
La suegra diciendo con voz suave:
—Ella es como de la familia.
Lola apretó los dientes.
—Qué hipócritas… —susurró.
Su voz ya no era débil. Era contenida. Peligrosa.
Luego vinieron más recuerdos, más golpes.
Una conversación en la cocina, Darius y Chantal demasiado cerca, demasiado unidos, como confidentes.
Risas bajas.
Silencio cuando ella entraba. Demasiado silencio.
Ahora lo entendía distinto. Todo. Demasiado claro.
Lola secó sus lágrimas con brusquedad.
No porque ya no doliera. Sino porque ya no quería derrumbarse más.
—Se equivocaron conmigo… —dijo en voz baja—. Demasiado.
Hizo una Pausa. Sus ojos se endurecieron.
—Nunca debieron traicionarme, porque yo no tendré piedad, esto no termina aquí, esto acaba de empezar. No soy la mujer débil que creyeron engañar.
Respiró profundo.
Intentando ordenar el caos.
Pero el dolor seguía ahí.
Solo había cambiado de forma.
De pronto, Lola recibió una llamada.
Ella miró el teléfono, era su nueva cliente, quien significaba todo para la firma de construcción Loredo.
No quería responder, pero la llamada insistió.
—Señora Garza Sada, me temo que en este momento no puedo hablar.
—Señorita Bárcenas, veo que la verdad por fin salió a la luz.
Lola se quedó perpleja al escuchar esas palabras.
—¿De qué está hablando? ¿Qué sabe usted?
—Lamento que haya tenido que enterarse de esa manera sobre su falso matrimonio. Créame, no era así como esperaba hablar con usted. Veámonos en la cafetería Luna de Abril. Tengo una propuesta que hacerle. Si es tan inteligente como creo, aceptará escucharme.
Lola bajó lentamente el teléfono.
Sus manos seguían temblando.
Acababa de descubrir que su matrimonio era una mentira.
Pero había algo que la inquietaba todavía más.
¿Cómo podía una completa desconocida saberlo antes que ella?







