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Capítulo: Propuesta inesperada

Lola permaneció inmóvil varios segundos.

Luego tomó la taza y bebió un largo sorbo de café, más por necesidad que por gusto.

Necesitaba convencerse de que seguía despierta.

Cuando dejó la taza sobre el plato, soltó una risa incrédula.

—¿Es una broma?

María Garza Sada sostuvo su mirada sin alterarse.

—Jamás bromeo cuando hablo de mi familia. Tampoco cuando hablo de negocios.

Su voz era tranquila. Segura.

Como si acabara de ofrecerle el contrato más normal del mundo.

Lola negó lentamente con la cabeza.

—No entiendo nada... Hace menos de una hora descubrí que mi matrimonio era una mentira y ahora usted me está pidiendo que me case con un hombre al que ni siquiera conozco.

María asintió.

—Lo sé.

—Entonces explíqueme por qué.

La empresaria tomó un pequeño sorbo de café antes de responder.

No parecía una mujer que improvisara.

Cada palabra estaba cuidadosamente elegida.

—Porque llevo meses observándote.

Lola frunció el ceño.

—¿Observándome?

—Antes de confiar un proyecto millonario a alguien, acostumbro a investigar con quién voy a trabajar. No es algo personal. Es una costumbre que me ha permitido conservar mi patrimonio durante muchos años.

Aquella explicación tenía sentido.

No era agradable. Pero tenía sentido.

María continuó.

—Mientras revisaban su trayectoria, encontré algo mucho más valioso que una buena arquitecta o empresaria. Encontré a una mujer. Una mujer que se abrió camino sola. Que salió de un orfanato. Que trabajó mientras estudiaba. Que jamás pidió lástima. Y que convirtió cada obstáculo en un escalón.

Lola bajó la mirada unos segundos.

Hacía mucho tiempo que nadie hablaba de su vida con tanto respeto.

María apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No me interesa que hoy la hayan traicionado. Lo que me interesa... es lo que hará a partir de ahora.

Aquellas palabras hicieron que Lola levantara la vista.

—¿Y qué cree que voy a hacer?

Una leve sonrisa apareció en el rostro de la empresaria.

—Lo mismo que hice yo hace treinta años. Convertir una desgracia en el inicio de algo mucho más grande.

Lola permaneció en silencio.

María continuó.

—Estoy enferma. Los médicos no pueden decirme cuánto tiempo me queda. Quizá años. Quizá menos. Pero hay algo que sí sé. No pienso marcharme dejando todo aquello por lo que luché en manos equivocadas.

Por primera vez en la conversación, la voz de María perdió un poco de firmeza.

—Tengo un solo hijo. Es un buen hombre. Pero nunca ha sabido elegir a las mujeres que lo rodean. Durante años se negó a casarse. Finalmente aceptó hacerlo... con una condición.

Lola la observó con atención.

—¿Cuál?

—Que yo eligiera a su esposa.

El silencio volvió a instalarse entre ambas.

María sostuvo su mirada sin titubear.

—Y la elegí a usted.

Lola abrió los ojos con sorpresa.

—¿A mí?

—Sí. No porque sea perfecta. Las personas perfectas no existen. La elegí porque he construido empresas durante toda mi vida y aprendí algo muy valioso. Las personas se pueden capacitar. La inteligencia se puede desarrollar. Pero el carácter... o se tiene, o no se tiene. Y usted tiene el carácter que busco para mi familia.

Lola respiró profundamente. Todavía le costaba creer aquella conversación.

—Está depositando demasiada confianza en alguien que ni siquiera fue capaz de descubrir que su propio esposo la engañaba.

María negó con serenidad.

—No. Está confundiendo confianza con traición. Que dos personas hayan abusado de su buena fe no significa que usted sea una mujer débil. Lo que verdaderamente me interesa no es que la hayan engañado. Me interesa saber qué hará ahora que conoce la verdad.

Lola permaneció callada.

Dentro de ella, el dolor seguía ahí.

Pero también comenzaba a crecer otra cosa. Orgullo.

María sonrió apenas.

—Estoy convencida de que ese hombre y su hermana lamentarán profundamente haberla perdido. Porque usted no tiene madera de víctima. Tiene madera de vencedora.

Lola tragó saliva.

Aquellas palabras despertaban una parte de ella que el dolor había intentado apagar.

María dejó la taza sobre el plato y fue finalmente al punto.

—Quiero que se case con mi hijo.

Lola sintió que el tiempo volvía a detenerse.

La empresaria continuó antes de que pudiera responder.

—A cambio, lo convertiré en un matrimonio beneficioso para ambos. Usted recibirá la mitad de las acciones de mi grupo empresarial y asumirá la presidencia ejecutiva. Con el tiempo, cuando yo ya no esté, mi patrimonio pasará a mi familia. Si ustedes tienen un hijo, será mi heredero... y usted administrará esa fortuna hasta que él pueda hacerlo por sí mismo.

Lola apenas podía respirar. Aquello superaba cualquier cosa que hubiera imaginado.

—¿Y si le digo que no?

María sonrió con una calma admirable.

No había presión en su mirada. Solo absoluta seguridad.

—Entonces nos levantaremos de esta mesa, seguiremos siendo clienta y arquitecta, y jamás volveré a mencionar este asunto.

Hizo una breve pausa.

—Pero creo que sería una oportunidad que ambas lamentaríamos perder.

Lola permaneció en silencio.

Jamás imaginó que el peor día de su vida terminaría con la propuesta más inesperada que alguien pudiera hacerle.

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