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Capítulo: Ella está embarazada

—Yo… debo pensarlo.

María Garza Sada no mostró decepción. Tampoco insistió.

Solo observó a Lola durante unos segundos, como si entendiera perfectamente que aquella decisión no podía tomarse a la ligera.

—Está bien —respondió con tranquilidad—. Piénselo.

Tomó su bolso y se levantó lentamente de la mesa.

Antes de irse, se detuvo y añadió:

—Mi hijo se encuentra en la playa Mar Verde.

Lola levantó la mirada.

El nombre del lugar no significaba nada para ella hasta ese instante.

—¿Mar Verde?

María asintió.

—Sí. Y, por lo que sé, también están ahí Chantal y Darius Loredo.

El corazón de Lola dio un vuelco.

Aquellos nombres juntos todavía le provocaban una herida profunda.

María continuó hablando con una calma casi cruel por la precisión de sus palabras.

—Están celebrando su primer aniversario de bodas.

El mundo pareció detenerse unos segundos.

Su primer aniversario.

La misma fecha que ella había creído que celebraría como esposa.

Casi la misma fecha en la que había pensado recordar la promesa que Darius le hizo por un supuesto amor.

Lola permaneció inmóvil.

María sacó una tarjeta de su bolso y la dejó sobre la mesa.

—Esta es la suite donde se hospeda mi hijo. Me encantaría que pudieras conocerlo, aunque sea para conversar. Creo que ambos podrían beneficiarse de esa reunión.

Lola tomó la tarjeta sin decir nada.

María le dedicó una última mirada.

—Piénselo con calma, señorita Bárcenas. Algunas oportunidades llegan en momentos extraños, pero eso no significa que lleguen por casualidad.

Después de pagar la cuenta, la empresaria se marchó.

Lola se quedó sola en la terraza de la cafetería.

Durante varios segundos no pudo moverse.

Las palabras de María seguían repitiéndose en su cabeza.

"Ellos están celebrando su primer aniversario de bodas."

Sus dedos apretaron lentamente la tarjeta.

Una sensación extraña comenzó a recorrer su cuerpo.

Ya no era tristeza. Ya no era confusión. Era rabia.

Una rabia profunda, silenciosa, que parecía quemarle el pecho desde dentro.

Mientras ellos brindaban. Mientras ellos sonreían. Mientras ellos celebraban haberle robado un año de su vida... Ella había estado llorando en un estacionamiento preguntándose qué había hecho mal.

Sus ojos comenzaron a humedecerse, pero esta vez no dejó caer ninguna lágrima.

No iba a regalarles más lágrimas.

Se levantó. Tomó su bolso. Y salió de la cafetería.

***

Una hora después, Lola llegó a la playa Mar Verde.

Durante todo el camino no escuchó música.

No respondió llamadas. No pensó en detenerse.

Su mente estaba atrapada en una sola pregunta:

¿Por qué?

¿Por qué Darius?

¿Por qué Chantal? ¿Por qué las dos personas que más había amado decidieron destruirla de esa manera?

Cuando llegó al hotel mencionado por María, estacionó el auto y entró con paso firme.

El lugar era elegante, lujoso, lleno de turistas disfrutando de sus vacaciones.

Personas riendo. Parejas caminando tomadas de la mano. Familias felices.

Todo aquello parecía una burla.

Se acercó a la recepción.

—Buenas tardes. Busco a Darius Loredo Rivas.

La recepcionista revisó la computadora.

—Lo siento, señora, pero el señor Loredo no se encuentra en la habitación.

Lola sintió que su corazón se aceleraba.

—¿Sabe dónde puedo encontrarlo?

La mujer dudó unos segundos.

—Creo que está en el restaurante privado.

—¿Restaurante privado?

La recepcionista asintió.

—Sí. Él y su familia tienen reservada una sala exclusiva para una celebración.

Su familia. Dos palabras simples.

Pero fueron suficientes para atravesarla.

Lola bajó la mirada.

Su familia. Entonces, ¿qué era ella? ¿Una desconocida? ¿Un error? ¿Una mentira conveniente?

Respiró profundamente. No podía quedarse ahí.

No después de haber llegado hasta ese lugar.

Caminó hacia el restaurante.

Cada paso era más firme que el anterior.

Ya no estaba huyendo.

Ya no era la mujer que salió del Registro Civil temblando con el acta en las manos.

Ahora necesitaba respuestas. Aunque dolieran. Aunque destruyeran lo poco que quedaba.

Mientras avanzaba por el pasillo, los recuerdos comenzaron a aparecer.

Su infancia. Su hermana. Su madre.

Una familia rota antes de que ellas siquiera entendieran lo que significaba una familia.

Lola y Chantal habían crecido rodeadas de miedo.

Su padre había sido un hombre violento.

Un hombre que convirtió su casa en un lugar donde nadie quería estar.

Hasta que una noche todo cambió.

Su madre, desesperada por protegerlas, terminó acabando con aquella pesadilla.

Pero el precio fue demasiado alto. Fue enviada a prisión.

Y años después murió sin poder recuperar su vida.

Después de eso, las dos hermanas tomaron caminos distintos.

Chantal fue acogida por la hermana mayor de su padre. Tuvo un hogar. Una familia. Una oportunidad diferente.

Lola, en cambio, terminó en un orfanato.

Aprendió demasiado pronto que nadie iba a rescatarla.

Así que se rescató a sí misma.

Trabajó. Estudió. Luchó.

Cada logro le costó lágrimas y sacrificios.

Y aun así, cuando logró salir adelante, no olvidó a Chantal. Nunca la abandonó.

Le pagó los estudios. La ayudó cuando necesitó dinero.

La defendió cuando otros la juzgaron.

Porque para Lola, a pesar de todo, Chantal seguía siendo su hermana.

La única persona de su sangre que tenía. Y ahora... Esa misma persona le había arrebatado al hombre que amaba.

La pregunta volvió a aparecer.

¿Por qué?

¿Por qué pagarle con semejante traición?

Llegó frente a la puerta de la sala privada.

Podía escuchar voces al otro lado. Risas. Copas chocando.

Una celebración. Su celebración.

Su mano se levantó lentamente hacia la puerta.

Estaba a punto de abrir. A punto de entrar. A punto de enfrentarlos.

Iba a decirles todo.

Iba a preguntarles cómo pudieron hacerle algo así.

Pero entonces una voz conocida atravesó la puerta.

La voz de Chantal.

Y las palabras que pronunció hicieron que Lola se quedara completamente inmóvil.

—Estoy embarazada.

Silencio. Un silencio breve.

Pero suficiente para destruirla una vez más.

Luego escuchó a su hermana continuar.

—Tengo tres meses de embarazo, Darius.

La respiración de Lola se cortó.

Sintió que sus dedos se congelaban sobre la manija. Y entonces llegó la frase que terminó de romper algo dentro de ella.

—Serás padre.

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