¿Embarazada?
Esa sola palabra fue suficiente para hacerme perder el aliento.
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones de golpe, como si alguien me hubiera dado un golpe seco en el pecho.
El mundo pareció inclinarse, torcerse, volverse inestable bajo mis pies. Por un instante creí que iba a desmayarme. Tuve que apoyarme en el borde de la mesa con ambas manos para no caer, para no desplomarme junto con todas las certezas que creía tener.
La empleada, completamente ajena al terremoto que se desataba dentro de mí, dejó un vaso de agua sobre la mesa y se retiró en silencio.
El sonido de la puerta al cerrarse fue seco, contundente. Un sonido definitivo. Como si me hubiera dejado encerrada a solas con mis pensamientos… y con mi miedo.
Mi corazón temblaba.
¿Embarazada?
Repetí la palabra en mi mente una y otra vez, como si al hacerlo pudiera comprenderla, domarla, volverla menos aterradora. Pero no lo logré. Cada repetición la hacía más real, más pesada, más imposible de ignorar. Era como una