El sonido seco de la puerta al abrirse me obligó a separarme del abrazo.
No fue un gesto consciente. Fue un reflejo. Un tirón brutal desde el centro del pecho, como si algo invisible me hubiera advertido del peligro antes de que pudiera comprenderlo.
Mi cuerpo reaccionó primero.
Mi corazón después.
Azkarion levantó la mirada y me observó.
Durante una fracción de segundo —un suspiro mínimo, casi inexistente— algo cálido, se encendió en sus ojos. Una chispa que conocía bien. Algo que había sido mí