El sonido seco de la puerta al abrirse me obligó a separarme del abrazo.
No fue un gesto consciente. Fue un reflejo. Un tirón brutal desde el centro del pecho, como si algo invisible me hubiera advertido del peligro antes de que pudiera comprenderlo.
Mi cuerpo reaccionó primero.
Mi corazón después.
Azkarion levantó la mirada y me observó.
Durante una fracción de segundo —un suspiro mínimo, casi inexistente— algo cálido, se encendió en sus ojos. Una chispa que conocía bien. Algo que había sido mío. Algo que, en otro momento, me había hecho sentir segura, elegida, protegida.
Pero se extinguió.
Se apagó sin aviso, sin explicación, como una llama sofocada por el viento. Y en su lugar quedó una mirada distante, alerta, ajena.
Entonces la vi.
La señora Paloma entró con paso decidido, ocupando el espacio como siempre, como si aquella casa aún le perteneciera. Pero no fue ella quien capturó toda mi atención, sino la mujer que apareció detrás.
Demasiado joven. Demasiado hermosa.
Tenía el cabell