—¡Azkarion! —mi voz estalló como un trueno que rompía la quietud sofocante del lugar, reverberando contra las paredes. Cada palabra estaba cargada de rabia, miedo y desesperación, un grito que salía de lo más profundo de mi pecho.
Él estaba tendido en la cama, recostado como si nada importara, y al mirarme, esbozó una sonrisa extrañamente calmada, tan provocadora como desconcertante.
Sentí que mi corazón se rompía un poco más al ver esa indiferencia calculada, esa seguridad que parecía desafiar todo mi mundo.
Bora, en cambio, retrocedió como si la gravedad la repeliera, apartándose de nosotros con los brazos levantados, cubierta en un gesto de protección desesperada. Su expresión mostraba miedo y confusión. Pero yo no podía contener la furia que me recorría. Cada fibra de mi ser estaba lista para estallar, y mi mirada se clavó en ella como un cuchillo.
—¡Verena, mi Verena, no te vayas, por favor…! —la voz de Azkarion era extraña, diferente, vulnerable, casi rota, y me detuvo un instant