—¡Azkarion! —mi voz estalló como un trueno que rompía la quietud sofocante del lugar, reverberando contra las paredes. Cada palabra estaba cargada de rabia, miedo y desesperación, un grito que salía de lo más profundo de mi pecho.
Él estaba tendido en la cama, recostado como si nada importara, y al mirarme, esbozó una sonrisa extrañamente calmada, tan provocadora como desconcertante.
Sentí que mi corazón se rompía un poco más al ver esa indiferencia calculada, esa seguridad que parecía desafiar